jueves, mayo 02, 2013

Rayuela o el momento menos esperado


[Texto original publicado en Revista Diners el 20 de febrero de 2013 http://www.revistadiners.com.co/articulo/26_809307_circulo-de-lectura-diners-rayuela-o-el-momento-menos-esperado ]
                                     


Muchos portales de Internet, e incluso medios impresos, se dedicaron con gozo y algarabía a celebrar el cincuentenario de la publicación de Rayuela del escritor argentino Julio Cortázar, el pasado 18 de febrero. Muchos otros medios, por su parte, corrieron a desmentir el falso aniversario corrigiendo esta fecha por la del 28 de junio de 1963, como consta en la edición crítica de la obra coordinada por Saúl Yurkievich para la UNESCO, publicada en 1996.
A partir de esta renovada popularidad, la obra inmortal y emblemática del boom latinoamericano retorna a las bocas y los dedos de todo el mundo, y con ella el debate sobre la relevancia de esta novela o “anti-novela” o “meta-novela” o cuánto nombre hayan querido ponerle críticos y lectores durante los últimos cincuenta años.
Sería deshonesto de mi parte decir que Rayuela es mi obra preferida de Cortázar, más teniendo en cuenta que hablar de “mi obra preferida de un autor” siempre me ha parecido una limitación innecesaria. De hecho, empezaré este texto hablando de lo problemático que me resultó acercarme por primera vez a la obra y de las razones por las cuales tal vez esa primera lectura fue tan tardía. Leí Rayuela por primera vez a los 25 años, luego de más de 10 de escuchar críticas y ver ojos abrirse como platos al confesar que hasta el momento no me había interesado nunca por ella; por supuesto, mentía. Mi interés por esta obra se inició a la par que mi interés por la figura misma de Cortázar, cuando tuve que leer para mi clase de español de 8º Todos los fuegos el fuego; siempre he sentido una enorme fascinación por el Cortázar cuentista que revisita lo cotidiano y lo convierte en maravilla sin caer en el tropicalismo ni la postal exótica tercermundista.
A pesar de sentir entonces la curiosidad por la que, sin duda, resulta ser la obra más compleja del autor, tuve el infortunio de que Rayuela fuera un libro de moda durante mi adolescencia, al menos entre la gente que frecuentaba. Es increíble la cantidad de émulos adolescentes de La Maga y Oliveira, la cantidad de cafetines, bares, cine-clubes nombrados en honor a la novela, y la cantidad de voces recitando de memoria los capítulos 7 y 68, o de lágrimas derramadas por la histérica carta del capítulo 32. Tantas manifestaciones de adoración, que diez años más tarde parecían relacionarse con un conocimiento “de oídas” mas no con una lectura de la obra, fueron suficientes para distanciarme de la misma durante casi toda mi juventud.
Sin embargo, convencida como estoy de que los libros le llegan a uno en el momento menos esperado, esa misma edición crítica de la que hablaba al principio llegó a mis manos a finales de 2007. Rayuela, como ya sabía de antemano, se ofrece ante el lector con, inicialmente, dos posibilidades de lectura: una de modo convencional, es decir, una lectura lineal, que abarca los capítulos 1 a 56 —que a su vez está dividida en dos libros, “Del lado de allá” (1-36) y “Del lado de acá” (37-56)—; y una segunda lectura propuesta por el autor en un tablero de lectura dentro del cual se incluyen, sin seguir un orden lineal, los 99 capítulos prescindibles de la obra, agrupados bajo el nombre “De otros lados”. Esta subversión de la estructura tradicional de la novela ya en sí misma, es suficiente para ubicar a la obra como un ejercicio de escritura vanguardista, una propuesta novedosa de lectura que exige a quien la acepta una disposición distinta a la de quien sólo busca entretenimiento en los libros.
Mucho se ha comentado sobre la presunción de este ejercicio estilístico y sobre alguna posible desmesura en cuanto al sinnúmero de referencias e intricados juegos del lenguaje por parte del autor en esta novela. Sin embargo, cabe anotar que precisamente es en esos capítulos prescindibles, en esos “otros lados” en que todo este aparato narrativo cobra sentido. La historia lineal relata, de manera desordenada y polifónica, la travesía en busca del “Cielo” —una alegoría de la sabiduría, el crecimiento espiritual, o una realidad más allá de lo real, más humana— de Horacio Oliveira y su relación con Lucía (La Maga) y los miembros de una cierta bohemia instalada en París, llamada el Club de la Serpiente; posteriormente el regreso del mismo a Buenos Aires, su relación casi especular con su amigo Traveller y su esposa Talita, en quien encuentra, o cree encontrar una pervivencia de La Maga. Como complemento a lo anterior, aparecen entonces, como parte de un proceso de bricolaje, esos capítulos prescindibles dentro de los cuales el lector no solamente llena los vacíos del relato anterior, sino que acude a la enunciación de la poética del autor.


Esa propuesta de una teoría literaria se logra en “De otros lados” a partir del novelista ingeniado por Cortázar y admirado por todos los miembros del Club, Morelli. La postura de este novelista imaginario coincide con la propuesta del mismo Cortázar no sólo en torno a la búsqueda de ese “Cielo” de la rayuela anhelado por Oliveira, sino a la búsqueda de la expresión estética a través del lenguaje más pura y —paradójicamente en medio de este cúmulo de juegos referencias— menos engolada: realidad y lenguaje vienen dados al hombre dentro de un aparto cultural que los convierte en artificiales y en ese sentido la ruptura de sus lógicas tradicionales, la problematización de su continuidad, su reescritura en el proceso de vivir y de leer, es el objetivo máximo de Rayuela. Mucho se ha dicho sobre ese lector-macho, lector-cómplice, buscado por Cortázar —el mismo autor lo señala a través de Morelli y en posteriores entrevistas cerca de la novela—, y tal vez esta renovada atención sobre la construcción de esta obra sirva no para resucitar a las imitaciones de los intelectuales emigrados a París de aquella época, sino para invitarnos como lectores a experimentar la inadecuación de coescribir una novela en la medida en que se la va leyendo. Tal vez esto sea lo más jubiloso del cincuentenario de la publicación de Rayuela, que el libro llegue cuando ya no se le espera.

Vargas Llosa: la civilización y los perros



[Texto publicado originalmente en la Revista Diners el 24 de enero de 2013 http://www.revistadiners.com.co/articuloespecial.php?ide=26&id=260 ]


El cincuentenario de la publicación de La ciudad y los perros (1963), primera novela del autor y ganadora del premio Biblioteca Breve en 1962, conmemora la aparición de una obra que no sólo por su crudo retrato de la sociedad peruana de la época, sino por su profunda innovación de la técnica narrativa de la novela latinoamericana, abrió el camino para los autores del boom y puso a nuestras letras en el mapa de la literatura universal. Vargas Llosa, polémico siempre por sus fuertes ideas políticas y su reflexión constante sobre la literatura como una forma de testimonio de la realidad, puso de manifiesto en su primera novela las desigualdades e incoherencias de la sociedad limeña de su juventud, a la vez que su profunda aversión hacia el totalitarismo y la brutalidad antidemocrática; los estudiantes imaginados del Colegio Militar Leoncio Prado —al que en efecto asiste Vargas Llosa durante dos años en su adolescencia—se funden con las memorias del autor, generando una historia en la que la cronología de la novela tradicional y la unidad narrativa desaparecen para retratar de forma cruda los efectos de la disciplina, la represión, la violencia, el erotismo y la corrupción, en la vida de los personajes. Rodeada de misterios, es una obra que escapa a su propio autor gracias precisamente a la ruptura de las formas convencionales de relatar, por lo que La ciudad y los perros representó la necesidad de un nuevo tipo de lector —como señala Carlos Garayar en la edición conmemorativa de la obra hecha por la Real Academia Española— al que, parafraseando, la novela no le pasa por el frente como un río.
Ante este panorama, los espectadores tendrán la oportunidad de escuchar las reflexiones del autor, quien escribe en sus Cartas a un joven novelista que “la intranquilidad frente al mundo real que la buena literatura alienta puede en circunstancias determinadas, traducirse también en una actitud de rebeldía frente a la autoridad, las instituciones o las creencias establecidas”. Para Vargas Llosa, como dijera al recibir el Premio Rómulo Gallegos en 1967, la literatura es fuego, es polémica, es reacción pero, por supuesto, también es libertad estética.
La historia personal de Vargas Llosa comprende su nacimiento de padres separados en Arequipaen 1936, la conflictiva relación con su padre, los inverosímiles trabajos que tuvo paralelamente a sus estudios —se encargó de revisar los nombres de las tumbas en un tiempo—, la escasez de su vida estudiantil en Europa, su compromiso y distanciamiento de la revolución, sus disputas con escritores como García Márquez y el prominente rol que ha desempeñado en la vida pública delPerú y contiene material suficiente para varios relatos fascinantes. Sin embargo, lo más importante es que su voz como autor y como figura pública da cuenta de una valiosa y necesaria reflexión sobre los problemas de la cultura latinoamericana de los cuales su obra se ha nutrido y ante los que se enfrenta. Por tales razones, resulta tan pertinente que la celebración del cincuentenario de la que tal vez sea su obra más popular, se combine con la discusión acerca de su último libro de ensayo, La civilización del espectáculo.
Resulta difícil dejar de preguntarse cómo una obra con las características de la celebrada novela deVargas Llosa podría ser recibida por los lectores de nuestro tiempo y qué tanto dejamos que el río simplemente pase frente a nuestros ojos, qué tanto podemos como lectores valorar su complejidad narrativa. En La civilización del espectáculo el autor advierte sobre la generalización de la banalidad y la predominancia del entretenimiento sobre la cultura; en cuanto a la literatura, señala cómo el motor principal de la creación ya no es la innovación estética, ni proponer una interpretación de la realidad y la edificación de una visión alternativa de la misma, sino el ánimo de divertir y entretener al lector, lo que pone al personaje de farándula por encima de los ya casi extintos intelectuales. En sus propias palabras: “En la civilización del espectáculo el cómico es el rey”.
De este modo, la participación de Mario Vargas Llosa en el Hay Festival no sólo resulta de gran importancia debido a la memoria que genera sino a la reflexión a la que nos invita como lectores y espectadores. Desde la democratización de la cultura como aspecto problemático hasta la irresponsabilidad periodística, Vargas Llosa expondrá sus reflexiones sobre el espíritu frívolo de nuestro tiempo. Uno de los escritores vivos más importantes de la literatura latinoamericana y sin lugar a dudas, una oportunidad única dentro del marco del festival.



domingo, abril 28, 2013

La memoria es un monstruo


Recuerdo con exactitud el momento en que empezó todo. Íbamos en un bus rumbo a no sé, la porra, cerca a El Tintal, porque había un amigo tuyo que me quería conocer y yo entonces estaba convencida de que era una de esas mujeres que no puede desperdiciar ninguna oportunidad —convicción que me llevó a cometer las peores equivocaciones de mi vida y a ganarme una fama de fácil y de estúpida de la cual casi no logro librarme.
Hablabas de tu vida maravillosa y de tus múltiples amigos y yo, que puedo recordar todos los detalles de esta conversación y el maravilloso abrigo que llevaba puesto, no puedo recordar mi edad entonces. No entiendo por qué razón todos mis recuerdos de la adolescencia son como una sopa, un revuelto espeso y caliente sin orden ni concierto al que casi nunca me provoca darle una probada. Hoy es distinto. Porque las palabras que me dijiste tú, que me hablabas de lo fabulosa que era tu universidad, de la cantidad de hombres que conocías, de lo mucho que te costaba ahuyentarlos a veces, jamás se me han olvidado.
Muchos años después alguien, tan parecido a ti en tantas cosas, un hombre, me diría algo que jamás logré olvidar, algo en lo que pienso todos los días y que a veces me impide concentrarme en mi trabajo. La memoria es una cosa desconcertante. La memoria es un monstruo.
En el bus me contaste sobre tu nueva banda y cómo ahora, de la noche a la mañana, sin haber mostrado nunca mayor interés por la música que haberte acostado con un baterista, eras vocalista y bajista de   l a   p a n a c e a  l a  n u e v a  g r a n   c o s a  d e l  r o c k  c o l o m b i a n o .  Por celos, por envidia, porque era una niña y porque era una gran tonta, mentí diciendo que yo no tenía algo así como una banda, pero que estaba tocando con unos amigos. Sin embargo, a pesar de que mentía con frecuencia, siempre fui una pésima mentirosa. Era obvio que lo que no quería era admitir que mi vida no era tan movida, tan llena de emociones ni pretendientes ni borracheras ni fiestas, que seguía siendo amiga de los mismos cinco tipos de los que fui amiga toda la vida y que ellos me trataban más bien como el clásico “amigo con tetas”.
Tú no eras nadie, digamos, cercano, central en mi vida. Dejé de verte casi un año, al graduarnos del bachillerato, y allí estabas, de nuevo, y no sé por qué para mí era tan importante lo que tú creyeras sobre mí.
Pero fuiste más lista que yo, que francamente padezco a veces de una falta de sal en la mollera preocupante. Me dijiste, palabra por palabra: “De todas las personas que conozco en el mundo, la menos especial, la más normal, la más estándar, es usted. Yo la conozco, Cruz, no me diga mentiras: usted es lo más común, corriente y aburrido que existe”. Tal cual.
No recuerdo que respondí, alguna estupidez, alguna vaina balbuceante y avergonzada, todo eso para disculparme, para pedir que por favor, por favor, perdonaras mi ridiculez, mi pretenciosidad. Lo que sí tengo en la mente es que me dijiste que no había problema, pero que tuviera en cuenta que como amiga me advertías que esas cosas mías de creerme especial o importante o inteligente no me iban a llevar a ninguna parte, que aceptara que mi destino era ser, así dijiste “una hormiga más”, como todos. No tengo la más remota idea de por qué eso me hirió tanto entonces y por qué no pude decir que estaba bien con la idea de ser una hormiga, ni explicarte que yo no creía ser tan inteligente como parece que quería hacerle creer a todo el mundo que creía, y que definitivamente no creía que pudiera seguir estudiando Artes porque bueno, estuve un tiempo en la clínica por haberme tomado un montón de pastillas y caí en cuenta en todo ese tiempo que tuve para pensar —porque no había absolutamente nada más que hacer entre las comidas y la terapia ocupacional— de que no tenía talento sino escasitamente para no tomar tan malas fotos y que si mis profesores me habían dado buenas notas entonces, en la facultad de Artes había un gran problema de disociación de la realidad.
Tú no sabías nada ni tenías por qué saberlo. Nos volvimos a ver y me estabas haciendo el favor a mí, “la amiga fea”, de llevarme a conocer un tipo maravilloso al que le gustaban las “viejas como usted que escuchan esa música y no joden”.  Porque en ese entonces, nunca jodí. Y todos sabemos que joder era pedir cosas, así fueran cosas tan simples como reciprocidad.
Me costó mucho trabajo entender que estaba siendo una pendeja. Me costó mucho entender que desprecié a personas que veían en mi cosas que yo no podía creer que tenía, todo por andar detrás de personas en las que creía ver cosas que jamás tuvieron.  Era un cliché con piernas: tan ruda y tan hago-lo-que-quiero que lo quería era dejarme hacer para evitarme la fatiga.
Cuando digo que todo empezó ese día no sé bien a qué me refiero con “todo”. Lo que sé es que cada vez que veo tu cara en mi cabeza, cada vez que recuerdo esas palabras es porque se me está abriendo un hueco en el pecho porque a veces —aún ahora, 15 años después, cuando todo parece estar solucionado y mi vida marcha y soy, creo, feliz—, me gustaría entender por qué estaba entonces yo tan triste, tan pendiente de toda esa nadería y por qué, pasado tanto tiempo, pienso en ese momento y me dan ganas de llorar.
Llorar por los talentos y los dones que admiro y no poseo. Llorar por la fuerza y la constancia que me faltan. Llorar por mi tendencia natural a no querer decepcionar a nadie y sin embargo hacerlo. Llorar por el asco que me da esta disposición constante al llanto en la que vivo.
Tiempo después desapareciste de mi vida. Fuimos amigas tal vez unos 3 o 4 años más. Mi hijo nació. Tu hija nació. Me robaste una cámara que me había regalado mi padre y yo me quede con un CD de Rancid que dejaste una vez en mi casa.  Por un tiempo intenté ubicarte a través de tu familia, de amigos en común. Luego me rendí.
No creo que sienta algún tipo de rencor hacia ti, porque una cámara tampoco es una cosa para morirse y lo que me dijiste pasó hace tanto que si te vuelvo a ver, y espero que así sea, lo que quiero es que tu vida siga siendo fabulosa. Lo digo en serio.
Hoy te recordé porque intenté algo y fracasé.
Y como además de aburrida soy terca, lo intentaré de nuevo.

sábado, abril 06, 2013

Grandes cosas

Nunca he creído que esté "hecha para grandes cosas". Es decir, puede que lo estuviera, pero nunca he podido ni pretendido pensar sobre mí misma de ese modo. Quisiera saber si eso es bueno o es malo,  pero particularmente quisiera saber, si es que acaso quedan "grandes cosas", qué son esas grandes cosas, por qué debería querer estar hecha para ellas.
Así, como pienso de este modo, todo lo mío es pequeño. Mis escasos logros, mis responsabilidades, mis desgracias,son una cosita de nada, una fruslería.
Sin embargo hago, cumplo, me entrego.
Tal vez lo mío sea amar pero seguramente se ve que lo mío es ser una imbécil.
Tengo una confianza tremenda en lo que pueden hacer las palabras, en su fuerza y su peligro. Tengo miedo, mucho miedo de las palabras. Tengo que esforzarme mucho para acercarme a ellas. Tengo plena consciencia de que lo mío no es decir.
Por eso de lo cercano, de lo que sí es mío, de lo que tengo en el fondo, digo poco.
Y no hago promesas.
Sí, sí las hago, pero no esas promesas.
Mis compromisos son pocos: ir, llegar, estar, volver, partir. Cuándo y dónde. Así será.
No me comprometo a cambiar o a no cambiar.
Tampoco hago promesas que involucren toda la vida o toda la muerte.
Me comprometo a lo que haré.
Lo hago.
Soy simple, mis promesas son simples, la razón es simple.
Soy débil, capaz de poco, no estoy llamada a "grandes cosas". Supongo sin embargo que quienes lo estén no deberán perderse vista lo pequeño.
No quiero más creer en las promesas de los impíos -falacias, dice el Corán-, porque quien miente en lo pequeño no merece en sus labios el nombre de lo grande.

viernes, abril 05, 2013

Pocas veces tengo la oportunidad de estar realmente sola. Es decir, siempre estoy sola, siempre siento que hay una parte de mí que soy incapaz de ofrecer, de entregar.
Me refiero a estar físicamente sola, en silencio, sin mover un dedo, sin ver nada. Me aterra esta cuestión de pensar, de tener los sentidos así de aguzados, de ser plenamente consciente de lo que está pasando y de descubrir el funcionamiento de las cosas.
La lucidez toma tanto tiempo y resulta tan dolorosa, tan imposible de vencer que no puedo evitar desear ser otra, desear ser ésa y ser menos yo, cada vez menos yo, cada vez menos necesidad, menos ganas. Debería estar bien, de no ser por esa molesta e inútil costumbre de no encontrar nada suficiente. De ver la grieta, de pasar el dedo justo sobre el único milímetro con polvo de la vida.
Hace un tiempo pensaba que era una cuestión de control y desde entonces decidí que debía medir mis pasos y mis palabras, que debía saber hasta qué punto, cuán profunda iba a ser la herida. Fracasé. No sé qué hacer con este charco de sangre que se me está volviendo un mar y en el cual ya no puedo flotar.
Me prometí que iba a ser buena y de verdad, de verdad que lo intento todos los días de mi vida. Sin embargo cada vez más recibo nada a cambio de mi desbordada y ridícula intención de entrega.
Me prometí que iba a ser buena y que iba a estar bien y no sé, no sé, pero siento que se me nota y que eso le da a los otros un derecho sobre mí que no sé cómo quebrar.
No quiero nada. No estoy pidiendo nada. Es sólo que a veces siento que podría.
Supongo que todas las cosas malas que haya hecho se multiplican por siete y van volviendo a mí lenta y espaciadamente en forma de pequeñas pero eternas piedras en el zapato.
También imagino que al no encontrar nada suficiente no soy suficiente para nadie.
No tengo ningún otro lugar hacia el cual correr, ni puedo escalar más montañas y me estoy quedando vacía ya, me estoy drenando y aún así... aún así.
Tal vez lo que necesito es simplemente dejar de llamarme Ángela. Parece que mi nombre no es un mensaje en lo absoluto. Parece a veces que no lo escucha nadie.

viernes, marzo 29, 2013

Mil muertes

Están ahí, todas las noches, cada vez que la espalda soporta el peso del día ya desperdiciado . Se presentan ante mí todos los caminos posibles para escapar del nombre, de las letras, del sonido fundante y definitivo.
 Hace muchos, muchos años, no soñaba tanto como para anhelar la vigilia, no corría tan rápido como para tener que devolverme por mi sombra, ni gritaba tan fuerte durante la noche que mis párpados amanecieran llenos de grietas.
 Si el sueño es una segunda vida, como dijo Novalis, me estoy muriendo cada mañana de mil muertes distintas.
Existo fuera de mi nombre, eso es lo que pasa. Me aferro a todo lo inasible sin saber siquiera que lo deseo o más aún que podría eventualmente conseguirlo.
Los besos, la lengua, los dedos, el sexo, tienen el rostro de un lobo sobre mi pecho, bufando de rabia, que termina devorándome la cara hasta dejar mi expresión reducida a una simple masa sanguinolenta. Y el dolor, el cansancio, la deformidad y el miedo a la muerte, me susurran instrucciones sobre como lamerles mejor.
En mi cabeza, todas las noches, no hay separación alguna entre lo temido y lo anhelado. Deseo y muerte son una misma agua lejana que me baña los miembros helada y oscuramente.
Cada mañana muero a la posibilidad de comprender las señales que los amargos mensajeros que pasean por mis párpados traen enrolladas tras los violentos dientes. Me separo de la vida porque entiendo que no la vivo sino que la cargo, la transporto. Entiendo que el lugar al que se dirige nunca será hollado por mis plantas.
Necesito meterme hasta el fondo de la garganta, todas las mañanas, una nueva canción que anule con su susurro oculto la necesidad de saber qué tanto de este cuerpo y estos pasos corresponde a lo real. Una canción que me permita avanzar por ese día inútil hacia, de nuevo, la noche oscura en la que tal vez pueda clavar mis uñas en la espalda de ésa que supongo mide estas distancias, ésa a la que la palabra nunca llegará a alcanzar.



martes, febrero 12, 2013

20

Desde que aprendí a hablar sólo quise un regalo de Navidad. O de cumpleaños. Desde que aprendí a hablar quise no estar sola. Esto no es sobre mí, es sobre ese regalo. Soñaba con él cuando era pequeña y aunque cuando llegó ya no lo era tanto, no pude, ni puedo evitar sentir esa alegría inocente y cálida en mi interior. Como si todo tuviera un sentido y como si esa palabra "hogar" no fuera sólo una memoria borrosa.
Mi regalo y yo sobrevivimos a la felicidad. Porque fuimos felices. Y lo somos. Es sólo que ahora lo somos de otro modo y en otros lugares pero sobre todo, adentro de nosotros.
Tuvimos la misma casa, la misma carne, y sin embargo, nuestros pasados, nuestros inicios, son tan distintos, tan particulares, que a veces no es posible creer que seamos hijos de los mismos padres. Porque mi regalo, el mayor regalo, el regalo que tanto anhelé durante toda mi infancia, es mi hermano.
Algún día mi hijo se irá lejos, mis padres morirán y el amor, sabemos, no es algo sobre lo cual se pueda tener certeza alguna. Ahí aparece este personaje. Tal vez me muera yo primero y ruego al cielo que así sea.
Tuve temor de perder a mi hermano tres veces en la vida: dos cuando era un bebé y una hace cuatro años. Nunca sentí tan fuerte la soledad como entonces. Nunca he tenido tanto miedo en la vida. Debe ser porque durante los últimos veinte años mi única conexión con la tierra, la mayoría de las veces, ha sido su presencia. No por nada su nombre es "el de raíces fuertes" y "el elegido por los dioses".
Compartimos tanto dolor y tanta dicha, mi hermano y yo, tantos secretos, tantos gestos y una complicidad tan profunda que nadie, nada, nunca, puede penetrarla. Podemos comunicarnos de una forma que a veces nos excede, incluso a nosotros dos.
Mi hermano es mi lugar a donde regresar.
Esto es cursi, suena cursi, pero es cierto, así que me importa muy poco, poquísimo, si suena o no como una postal sentimental barata. Es lo que hay acá, adentro de la coraza, en el fondo de todo, en el interior bien oscuro, esa claridad, esa certeza. Nadie me ha perdonado tantas veces y nadie se merece más mis lágrimas y mis disculpas. Y nadie me ha enseñado más sobre ser madre que este hermano mío al que
la vida dotó con un talento especial para amar.
Así que todo esto es para decir que hoy, hoy hace 20 años, más o menos a esta hora, mientras estaba en clase de Sociales, mi hermano se abría paso hacia este mundo y que bendigo y agradezco esa hora y ese día. Y espero ser digna de ese regalo.
Hermano mío, ¡feliz cumpleaños!

jueves, febrero 07, 2013

Todo está bien

Todo está bien, mejor que nunca. Cada cosa en su lugar y cada lugar lleno de sus cosas propias. Todo, meticulosamente ordenado por orden alfabético y cronológico. Ayer ordené mi escritorio. Hoy me llevo dos semanas de trabajo que adelantaré en dos horas porque nadie sabe lo que puede un cuerpo y por dios santo que nadie sabe lo que puede el mío cuando lo obligo. Nadie le tiene confianza a mi cuerpo pero yo sí. Sé que si lo privo de una que otra cosa, será como el árbol.
Me despierto en las mañanas con el sueño acumulado de tres vidas de vigilia y me ordeno, sin derecho a réplica, levantarme. Abandono la fantasía en la que me sumerjo cada noche, esa forma que pienso para conciliar el sueño y que abandono una vez abro los ojos, y dejo así que toda la dulzura de lo imposible se meta en esa caja de la que guardo la llave bajo mi lengua.
Como necesito tener control, todos sabemos que el control siempre ha sido uno de  mis problemas, me uno a la máquina. Siempre odié la idea del ejercicio. Es decir, la admiré en otros, pero me sentí muy poca cosa para imponérmela a mí. Y lo soy. Débil. Y mi esfuerzo es ridículo, insignificante. Igual lo hago. Los caracoles sabemos lo largo que puede ser un metro.
Luego viene el agua. El agua. El agua puede ser la mejor parte de mi día. Siento el agua, me dejo ser por ella. Y se va, y veo con nostalgia cómo con su huida se lleva los sueños que me costó tanto trabajo retener. Nunca me levanto sin antes pensar en eso, sin hacer un recuento mental de todo lo que vi en la noche. Algunos lo llamarán cursilería, yo lo considero higiene.
Cuatro pastillas. Ser quien cuida. Cocinar. Disponer. Amar. Todo listo, todo en su sitio, todo bien. Bajo los cinco pisos y corro, siempre corro. Me gusta el frío de la mañana, me hace sentir más alta, no me pregunten por qué. Siempre he querido ser más alta.
Espero. Todas las mañanas de mi vida espero. Saludo. Hago comentarios amables y graciosos, comento la noticia del día y aunque de verdad pongo todo mi empeño en que todas juntas, todas las Ángela, estemos presentes, hay un par que siguen ancladas en el sueño o la fantasía o que piensan en todo lo que no ha pasado y ya nunca pasará.
Todo está bien. Todo está mejor que nunca. Un café. Otra pastilla. Veo las palabras, quiero tocarlas, intento pesarlas y medirlas, las siento salir de mi boca y no sé, no sé, y no sé si me importa, si llegan o no. El monstruo de veinte cabezas que tengo al frente asiente, se apasiona o simplemente me ignora. Yo dejo que a través de mí pasen las cosas. Tengo un afán enorme de mostrarles esto que amo y por qué es amable. Luego, generalmente, me aburro. Salgo. Fumo. Entro. Una vez más hablo. Salgo. Fumo. Entro. Como. Salgo. Fumo. Entro. Falta poco.
Voy cambiando, siento como cada gramo se desplaza. Siento cada órgano vivir en mí. Me pregunto si este cuerpo tendrá idea de mí. Si de verdad es yo.
Corro nuevamente. Quiero estar en la cama, viendo palabras, en la cocina, viendo palabras, en el piso de la sala, viendo palabras. La vida es otra. Y está bien. T o d o e s p e r f e c t o .
Nunca he querido ser optimista pero necesitamos establecer una cierta calma interior para que esto funcione, para que este régimen de bienestar que me estoy imponiendo permanezca estable. Pienso miles de cosas y creo que siento miles de cosas pero la idea es que vamos a comprar un silenciador y nos vamos a concentrar en lo que es importante.
Luego el silencio. El aire. Eso es lo que quiero. No nada. Quietud.

martes, diciembre 04, 2012

Everybody Hurts...


Acabo de leer un tuit en el que un amigo señala ese talento que tienen algunas personas para voltear cada conversación para hablar sobre sí mismas. Supongo que algunas veces he sido esa persona en alguna conversación pero si así ha pasado espero que quien lo haya padecido me perdone, especialmente porque no hay nada que me moleste tanto últimamente como eso. He estado algo alejada de personas que aprecio porque mi vida en los últimos días es una queja constante y no quiero molestarlos pero —bueno, no soy tan mustia ni considerada— especialmente, porque a pesar del amor, no logro soportarlas.
“Everybody hurts” por supuesto, Michael Stipe, y nadie sabe cómo se siente el dolor de otros pero, por favor, hay que guardar un cierto sentido de las proporciones. Todo el mundo se enamora y todo el mundo trabaja y todos tenemos una familia y tenemos derecho a quejarnos y a que todo nos sepa a mierda, pero, de verdad, intentemos no hacerlo cuando alguien nos busca para hablar, para contarnos algo verdaderamente grave, algo que le preocupa y puede estar acabándole la vida. No es lo mismo llorar por un pellizco que por una fractura.
El dolor no es una competencia y parece ser que a veces hace falta experimentar uno muy grande para entender esto. El asunto me recuerda a mi abuela, adorable, hermosa pero que tiene esa fastidiosa costumbre de tener un dolor más grande que el mío. No es cosa de la edad, ha sido así desde niña según cuentan sus hermanas y mi propia madre. Si uno la llama a decirle que tiene dolor de cabeza, ella tiene el doble. Si uno tiene gripa, ella tiene neumonía. Si uno se cortó un dedo, a ella le amputaron un brazo. Y ahí sigue, sana, como espero que sea por mucho tiempo. Yo la adoro, pero ahora procuro que no hablemos de enfermedades cuando la llamo o la visito. Es por su propio bien, ella misma se angustia por sus magnificados malestares.
Sin embargo, no todo el mundo es mi abuela y no hay razón para tener la misma paciencia. Sobre todo porque a veces, esas personas que le hablan a uno tanto de sus tristísimas tragedias personales, reales o imaginarias, no soporta que uno le cuente sobre sus pequeños sobresaltos, enfermedades, decepciones o brotes psicóticos. Como si las cosas solamente importaran cuando tienen que ver con ellas mismas. Como si su piel fuera más sensible que la de los demás. Como si fueran las únicas con derecho al drama. Yo amo el drama, supongo que también tengo derecho a echarme a morir cada vez que se me parte una uña, pero, entonces, cuando busco a alguien para que hablemos de mi uña, la que está pegada a mi dedo, agradecería mucho que nos concentráramos en ella y luego, cuando me de cuenta de lo ridículo que es todo ese escándalo, sí podemos hablar de lo especiales y hermosas e irrompibles o frágiles que son las uñas de mi interlocutor.
Nadie sufre en cuerpo ajeno, pero claramente hay padecimientos que no se comparan a otros y que merecen al menos respeto, escucha.
Supongo que ya dirán algunas amistades que lo digo precisamente yo, que me quejo tanto, y que estarán prontas a señalar que en cambio ellas sí me escuchan con atención. Y habré probado mi punto.

miércoles, septiembre 26, 2012


Adivine tus dedos
en cada  cosa cálida
te anticipe en el medio de la noche,
 llegas hecho zarpazo,
todo garras y dientes
y piel que se abre
y dolor quemante
y llanto
y gozo.
Presienta en cada letra de tu nombre
latigazo eléctrico entre las piernas abiertas
lengüetazo intenso sobre los párpados
manotada de tierra en la boca y aún así,
aún entonces,
ahogada y ciega,
siga hospitalaria recibiéndote.
Permita que toda decencia aprendida sea reducida a cenizas
y no quede sobre ningún poro el más leve vestigio de pudor
ni voluntad.
Vuélvame juguete,
cosa,
nada,
polvo.
Sepa que no es mi cuerpo roto lo que buscas
y sin embargo
permitir que tomes posesión de él
sin piedad
ni humanidad alguna
no pretender ser el deseo
ser el paliativo.
El lugar de paso de tu hambre.
Ruegue entonces,
no haga nada para demorar tu estancia.
Siénteme desnuda en el rincón
quietecita
te vea partir dejando mis músculos adoloridos,
labios que dejaron su color en tu carne.
Te mire noble
y temerosamente
acérqueme entre sollozos a tus pasos de ida
espere humildemente.
Muera por estar de nuevo en esta hora
en esta muerte.

domingo, agosto 26, 2012

30

Yo voy a vivir mucho tiempo.

Mi vida es una escalera larga, larguísima y hoy sólo he llegado al peldaño 30. Sueña a cliché y no me extraña, porque lo es.

El punto es que como dijo Eugenio Montale, en ese poema que encontré a los 15 años en un libro en la Luis Ángel Arango, ya no me atañen ni las mentiras ni los bochornos de los que creen que la realidad es lo que se ve.

Yo voy a vivir mucho porque en cada peldaño me dan la mano unas pupilas más ciertas que las mías.

Recurro al cliché de nuevo y digo, no lo merezco. El amor, la amistad, el cariño, el tiempo. Tal vez ustedes, los que me quieren y tal vez nunca lean esto, no sepan que me siento como alguien que se encuentra un tesoro en la calle, siempre con el miedo de que su dueño lo reclame.

No sé explicar la magia por la cual yo, precisamente yo, recibo todas estas cosas bellas.

Voy a vivir muchísimos años porque tengo mucho amor que corresponder.

Mi tarea es larga y mis piernas son cortas.

No tengo miedo ni culpa.

Me imagino el pelo blanco que jamás tendré, esa vejez sin símbolo desde la cual miraré hacia este momento y diré a quienes escuchen mis desvaríos seniles lo afortunada, lo amada que fui.


Las manos de las que bajé y subí los millones de escaleras. Las que soñé hace 15 años.

He bajado, dándote el brazo, un millón al menos de escaleras
y ahora que no estás hay el vacío en cada escalón.
Hasta en esto ha sido corto nuestro largo viaje.
El mío dura todavía, y ya no me atañen
los enlaces, las reservas,
las mentiras, los bochornos de quien cree
que la realidad es la que se ve. 
He bajado millones de escaleras dándote el brazo
y no porque con cuatro ojos quizás se vea más.
Contigo las he bajado porque sabía que de los dos
las únicas pupilas verdaderas, aunque tan apagadas,
eran las tuyas. 
             —Eugenio Montale 




domingo, julio 29, 2012

Media jodida

Escribo esto en caliente y aprovechando, en gran parte, que ya nadie se pasa por este rincón olvidado de dios ni a mirar la fecha. Acabo de leer el artículo de Portafolio en el que se habla del crecimiento de la clase media en Colombia y que cuenta con las opiniones de expertos en asuntos de economía y movilidad social como los profesores José Antonio Ocampo y Alejandro Gaviria.

Según el estudio citado en el artículo, hecho por Alejandro Gaviria (decano de Economía de la Universidad de los andes) "la clase media pasó de representar el 15 por ciento a ser el 28 por ciento del total de la población colombiana, es decir, cerca de dos millones de nuevos hogares colombianos se incorporaron al grupo en ese lapso". Sin embargo, aunque estas cifras puedan parecer alentadoras, no deja de llamar la atención lo que se ve día a día, en los supermercados, restaurantes, tiendas de ropa, donde pareciera ser que esos ingresos no son suficientes ante el palpable y exagerado uso de las tarjetas de crédito que no se usan como alternativa al efectivo, ni mucho menos, y que nos muestran una clase media cada vez más endeudada y arribista.


Hace algunos días hablaba con varios amigos acerca de las compras con tarjeta de crédito y me sorprendió muchísimo la idea  de su uso que solemos tener muchos de los colombianos.  Para mí, después de haber estado reportada negativamente en Datacrédito hace algunos años por mi deuda de $300 con el Icetex, y de haberme enloquecido hace casi 12 años con la primera tarjeta de crédito que me dieron, ha sido duro de aprender, pero clarísimo, que comprar con tarjeta de crédito es como fiar en una tienda pero una que cobra intereses y en la cual el tendero no es el amable vecino. Mis tarjetas de crédito tienen nombres de personas, me toca ponerles rostro y armarles historia, me distancio de ellas lo más que puedo y, aunque a veces siento que las necesito, sé que tengo que librarme de ellas porque son como el marido maltratador al que le tengo que aguantar que a cambio de la plata para las medias, me de una bofetada de vez en cuando. He aprendido a ser consciente, lentamente, de que es plata prestada a un precio muy alto y a contenerme, con dolor, para no comprar todas las cosas maravillosas que ellas me ofrecen.


Para algunos de mis amigos, por otra parte, el cupo de la tarjeta de crédito es plata propia, casi como un ingreso extra. Con él se hace mercado, se paga la gasolina, se hace el avance para poder salir a comer con los amigos. Para otros, esa plata no es de nadie, no existe, o es como si fuera regalada. Y de este modo, todos estamos jodidos.


De una u otra forma, lo más riesgoso y preocupante de esta clase media colombiana es que, como el mismo Alejandro Gaviria reconoce, el incremento en el ingreso, así sea mínimo, dispara el consumo a picos delirantes. Porque acá, desafortunadamente, no podemos ganarnos un peso sin gastarnos tres.


Así que por supuesto, la clase media crece, pero es una clase media jodida por su propia inconsciencia frente a la responsabilidad en el gasto, por supuesto, pero también jodida en el marco de un Estado que no suple todas las necesidades de los ciudadanos de manera eficiente, de manera que ellos asumen gastos adicionales y exagerados en medicinas y atención médica -porque mejor ir a particular si las EPS no sirven para nada-, en educación, en transporte y en quién sabe cuántas otras cosas más.


Deudas aparte, no nos alcanza, no nos rinde a pesar de tanto incremento en el nivel de vida: la familia nuclear ya no puede por sí sola mantener a los hijos sin el apoyo de abuelos y tíos. Los servicios públicos nos dejan sin lo del bus. Hay universidades de garaje en cada esquina y sí, muchos más estudiamos, pero la partida de lomo, propia o de los padres, para acceder a educación de calidad, es un calvario. No nos alcanza para hacer el mismo mercado que hacíamos hace cinco años, cuando ganábamos significativamente menos. No nos alcanza. Igual compramos. Debemos comprar. No nos alcanza y no somos capaces de asumir que no nos alcanza así que tenemos que empeñar hasta los calzones para darnos el nivel de vida de una clase media que está jodida desde sus raíces porque no ha sabido asumir la realidad de la pobreza del país en el que se encuentra.