martes, noviembre 04, 2014

Suerte

Es casi gracioso como cuando todo marcha bien  llega un momento en el que uno está solo, en silencio, y el corazón se le quiebra porque recuerda los pasos que tuvo que dar para llegar a estar en esta calma, en esta normalidad. O no sé si normalidad, pero el punto es que a veces ese momento llega justo cuando todo va de acuerdo al plan y es miedo, miedo de volver a perder, de no ser suficiente, de lo imprevisto, lo que llena ese silencio, ese recuerdo. Cuando la vida de uno ha sido accidentada, que no difícil —porque esa es la otra cuestión, uno siente que no tiene permiso a decir que su vida ha sido difícil habiendo tanta miseria en el mundo y el hambre, el maltrato... se siente uno ridículo de pensar su dolor como dolor—, uno no se vuelve necesariamente más fuerte y aunque lo haga —quiero creer que así pasó— no es que uno ande ansiando nuevas dificultades para probar su valor: uno sabe cuán agotador es ganar y lo único que quiere es estar sentadito, contemplando por la ventana, haciendo las labores simples de su vida simple.
Todo lo anterior para decir que tengo miedo, y que me levanté pensando en mis primeros trabajos, en los primeros días, en todo lo que caminé y en los lugares en los que estuve y me pregunto cómo hice, claro, pues cuando uno está bien todo parece lejano, pero al responderme me doy cuenta de que pude haber hecho todo mejor. Pienso mucho en mi hijo, todo el tiempo. Creo que en el fondo todos mis pensamientos son la misma pregunta sobre si estuvo bien todo lo que hice, lo que dije y todo aquello que omití.
Siempre me ha chocado el pensamiento de que la realización de una mujer es la maternidad, porque aunque para mí haya sido y sea la parte de la vida que dota de sentido a todas las demás, no creo que ser madre sea lo único digno de hacer con la vida de uno y mucho menos creo en esa idea de la "completud" que otorga. Uno está completo con o sin hijos y puede ser perfectamente feliz. Sin embargo, también me choca la postura, los clichés sobre la madre joven como una persona que arruinó su vida, como una irresponsable, o como me dijo alguna vez una conocidísima figura de los blogs y de Twitter (¿notan la ironía? ¿"conocidísima"?), una persona que ha renunciado al pensamiento, que se cansó de pensar y decidió ser madre. No ha sido la única. Imagínense estudiar Literatura, de día, en una buena universidad que uno mismo paga trabajando mientras cría un bebé y además sale con gente y va de fiesta de vez en cuando. Muchos de mis profesores me sugirieron cambiarme al secretariado bilingüe del Instituto Meyer.
Fue duro, sí, pero todo es duro. Todo menos yo. Creo que pasan los años y me voy ablandando. Hace poco viví la "traición" de un amigo que empezó a lanzar murmuraciones sobre mi vida profesional y casi me enloquezco, pero hace 10 años me maltrataron de verdad y me rompieron el corazón y me dejaron sola, sin esperanzas y con el peso del mundo encima y, sin embargo, lloré menos que ahora.
Recuerdo estar buscando trabajo hace unos 12 años y sentirme feliz porque me ofrecían la mitad del salario mínimo por trabajar 6 horas diarias. Recuerdo preguntarme con rabia por qué mis padres, pudiendo evitarme trabajar y pagar mis estudios no lo hacían: sé que su método pedagógico no es el mejor, pero quiero creer que me enseñaron algo. Necesito recordar eso que debí haber aprendido. Soy joven todavía y hoy me levanté viendo todo el camino que me falta por hacer, toda la maleza que todavía tengo que quitar del camino. Soy afortunada. De verdad lo soy. Lo que quiero saber es si voy a lograr hacerlo bien, si voy a lograr que mi hijo esté bien y que mi casa siga funcionando como hasta hoy y no decepcionarme, poder con lo que gané, estar a la altura.
Cuando recuerdo las acciones valientes que he emprendido parezco estar recordando la vida de otra persona. Cuando recuerdo las pequeñas cobardías cotidianas, todo tiene que ver conmigo.
Sé que está bien tener miedo, sé que es saludable. Finalmente, como dice Ray Loriga: "Un héroe sin miedo es un héroe muerto".
Escribo esto porque necesito desearme suerte, todas las noches y todas las mañanas.

lunes, setiembre 01, 2014

13

13. Como un golpe de suerte. Hace 13 años soy tu mamá, oficialmente. Era joven y no pensé en ser madre a esa edad y, de hecho, en ese entonces, no sabía si algún día quería serlo. Sin embargo, y por eso usé la palabra "oficialmente", siempre, desde el día en que nací, he sido tu madre. Todos los años te escribo algo acá y no sé si algún día lo leerás. Lo que sé, es que de todo lo que he sido, ser tu mamá es lo más, digamos, natural, lo más lógico, lo más cargado de sentido.
No digo que sea la mejor, ni siquiera que sea buena; eso solo tú lo sabes, hijo, y algún día te dirás la verdad sobre mí. Hazlo, como espero que hagas todo, con honestidad. Lo que me interesa que sepas hoy es que, de todo lo que he hecho, ser tu madre es lo que más me cuesta y me hace sentir afortunada. Así, a la vez, porque creo que no hay otro modo en que las cosas valiosas puedan hacerse.
Quiero que sepas también que he sido todo lo que he querido y he elegido mi camino hacia lo que considero que es la felicidad, que he luchado por mí y por tener lo que quiero, que soy, además de tu madre, una mujer que ha vivido plenamente y que no lamento ninguna de mis caídas. Tú has estado allí, con tus ojos de niño, llenos de ese amor ciego, sin juicios, sin trampas y eso, eso solo lo has hecho tú por mí.
Quiero que seas un hombre, uno generoso y fuerte, uno que pueda estar solo sin temor y que cuando llegue la hora de hacer tu vida y tomar tus decisiones, puedas pensar en ti mismo con la confianza de ser digno de lo que deseas.
Yo te amo, pero no pido que me hagas estar orgullosa o que no me decepciones, sino que siempre estés orgulloso de ti. Es cursi, tal vez, pero es lo mejor que puedo decirte. Quiero estar ahí para verte crecer.

viernes, julio 04, 2014

Así perdamos, hoy ya ganamos


Me considero ignorante e impedida en cuestiones deportivas y empiezo por esta afirmación para que quede claro que no vengo, como Joe Arroyo, con La Verdad, a decirle a nadie lo que debe pensar ni cómo debe sentirse con respecto al Mundial.  También empiezo por acá porque no me interesa entrar en la polémica en la que muchas mujeres se sienten ofendidas porque un columnista, desatinado, dice que las mujeres "son maravillosas" pero no deberían hablar de fútbol y sin embargo, así indignadísimas, avalan chistes sobre "la moza" del antiguo director técnico de la Selección Colombia a quién este —Hernán Darío "El Bolillo" Gómez— agredió físicamente en un reconocido bar de Bogotá, incidente que causó su salida del plantel colombiano y nos trajo a este maravilloso estratega que es José Pekerman.
Me considero ignorante porque aunque sé qué es un fuera de lugar y puedo opinar sobre decisiones arbitrales sin hacer el ridículo, conozco gente —hombres y mujeres— que saben mucho más que yo al respecto y que ven el fútbol de una manera mucho más lógica; claro, sin llegar a la fanfarronería de un tecnolecto inventado como Carlos Antonio Vélez, que no le ha ganado a nadie, pero se siente con derecho a juzgar al mejor jugador en la que va de la Copa Mundo 2014, James Rodríguez.
Habida cuenta de que no sé y no me interesa hacerle creer a nadie que sé, hablaré desde mi puro sentimiento sobre el desempeño de la Selección Colombia en este Mundial y lo que nos espera en pocas horas al enfrentar a Brasil en un certamen que, según la opinión de algunos, está diseñado para que la selección carioca sea campeona.
Acudo al cliché que hemos repetido en estos días y es que ya ganamos. Y sí. Si me remonto al momento en que muy pequeñita —en todo sentido— vi a Freddy Rincón marcar ese gol en los últimos minutos del partido contra Alemania y lo que sentí, sin saber nada de fútbol, esa esperanza de ver a toda la gente de mi barrio, a mis abuelos, mis tíos, todos, felices al mismo tiempo, por la misma causa, siento que sí; que si  ya esa fue una victoria tan enorme fue porque tuvimos voz ante el mundo, porque ese gol fue una manera de decir "¡existimos, somos Colombia!". Entonces, ya ganamos, porque hoy más que nunca somos, con todo lo terrible y lo hermoso de nuestro país, somos, tenemos una voz que no es la de Shakira, ni la de Juanes, ni la de Carlos Vives, pero tampoco la voz siniestra de Escobar, de Uribe, de la violencia y la coca: por primera vez la nuestra es la voz de un equipo, es una voz colectiva, del trabajo, del esfuerzo honesto y concentrado.
Es que el deporte, creo, es uno de los sacrificios y las glorias más profundas a las que puede entregarse un cuerpo. El deporte, en el caso del deportista profesional, destroza el cuerpo, lo modifica, lo lleva más allá de sus límites y a punta de disciplina y sobrexigencia, le da una vida útil para su oficio muy corta —mientras Faryd Mondragón (43) y Mario Alberto Yepes termina su carrera en el fútbol, en otras disciplinas 38 años es solo el inicio—, pero que recompensa con la gloria de sentir que ese cuerpo ya no es del deportista, sino del país, de un pueblo, que ha trascendido la frontera entre él y los otros.
Así que cuando critican eso de montarse al bus de la victoria, cuando los que supuestamente "saben/sabemos" de fútbol hacen burla de los que solo ven fútbol cuando juega la selección, cuando  no entendemos por qué nuestros hijos no se concentran en el partido pero celebran los goles con el alma, en realidad nos estamos perdiendo de reconocer que el mayor logro del deporte es hacer sentir como propio el esfuerzo y el triunfo ajenos, así sea por un instante. Por eso todos somos James, Cuadrado, Jackson, pero también Nairo, Rigo, Catherine, Urrutia, Pajon; en ese reconocimiento de que la gloria de ellos es solo suya y sin embargo nos la regalan al ponerse los colores de esta tierra donde mal o bien hemos vivido y sufrido y guerreado pero también amado. Esa tierra a la que ellos, sin pertenecer a las élites políticas ni económicas, le han dado más que todos nuestros dirigentes juntos.
Cuando decía que ya ganamos, me refiero a nosotros, a los hinchas, que tenemos más que nunca —sin demeritar el esfuerzo  y el talento de anteriores selecciones—un ejemplo de lo que podemos ser, de lo que podemos querer ser, de lo podemos soñar y en efecto, alcanzar. Sin arrogancia ni escándalos ni sobreactuaciones los muchachos de Pekerman, nos hacen sentir —a mí, a los de mi generación— tan lejos de un pasado de oscuridad, de muerte, de miedo y nos hacen querer de nuevo al país, a Colombia, en el que en cierto sentido ya no confiábamos, no solo en el fútbol, sino en la vida.
Hoy ya ganamos, así perdamos, ya ganamos.

viernes, abril 18, 2014

"¡Apártense vacas que la vida es corta!"

Antes que nada, no pretendo escribir una despedida para Gabriel García Márquez, porque de hecho ya lo hice y fue difícil. Si quieren leerla está aquí, en la Revista Diners, donde ocasionalmente tengo el gusto de escribir.

Lo que sí quiero hacer en esta nota, personal, escrita en este lugar apartado del ruido mediático es recordar, especialmente recordar junto a las personas con las que compartí en clase la obra de García Márquez, las cosas maravillosas que pasaban alrededor de su lectura. Los anteriores 5 años de mi vida dicté, sin falta alguna, clase sobre Cien años de soledad. Aún cuando abandoné en mi programa obras enormes como  Crimen y Castigo, Cien años parecía ser lo único inamovible de mi programa de clases. Eso, Medea (o alguna otra tragedia clásica) y Piedra de sol, de Octavio Paz. Ya que estoy informalmente dirigiéndome a esas personas con las que leí durante tanto tiempo, tal vez sea justo explicarles la razón de mi terquedad: estamos en Latinoamérica.

Durante cinco años recorrimos el puente que vinculaba la mitología y la épica clásicas con nuestro desorden latinoamericano, con nuestra tendencia silvestre y nuestro desenfado al hablar y quiero creer que entendimos algo; yo al menos, me conocí mejor a través de los ojos que mis estudiantes me prestaron para volver a leer. Me reencontré con el placer de leer por leer cuando Melina, en el primer año, se mostraba sorprendida por el asunto del hilo de sangre que anuncia la muerte de José Arcadio y yo viajé diez años atrás al momento en que por primera vez leí esa escena, recuperando un asombro que creí que ya no era capaz de sentir después de la sedación/formación universitaria. Me llené de orgullo, rabia, coraje, tristeza cuando en clase leímos en voz alta —era febrero de 2010— el fragmento sobre la masacre de las bananeras. Me reí con las mismas ganas con las que Andrés se rió cuando me mostraba la cita: "¡Cabrones! ¡Viva el Partido Liberal!"

Más adelante tuve a Juan en clase. Era todo un reto porque ya habíamos intentado —y nos habíamos rendido— con Medea, El extranjero, Demian, y yo no veía cómo lograr que con Cien años y sus 350 páginas de realismo mágico fuera distinto. Y entonces sucedió: Juan, maracucho, ruidoso y deportista, leyó completo el libro durante una de las semanas de receso, y le gustó. De alguna manera, la atmósfera de Macondo era algo con lo que él se podía relacionar genuinamente, sin sentir que estaba haciendo una tarea. Al hablar de esto, espero, de todo corazón, jamás haber hecho de Cien años de soledad una tarea. Ellos, mis estudiantes-lectores, me desmentirán. Lo que intenté con toda honestidad fue hablar: hablar con amor y pasión y alegría sobre una de las obras con las que mi papá me empujó al mundo de la literatura. No recuerdo con cuál de los cuatro cursos tuve la experiencia de llevarles la primera edición, mi tesoro más grande, la mejor herencia del señor Cruz, pero creo que esos niños vieron cómo las manos me temblaban solo con pasar las hojas. 

Tomé numerosas fotos de mis clases sobre Cien años de soledad, especialmente con el segundo grupo, el de Santiago, Sergio, Memo, Paola, Paula, Laura, Rayner, Jorge y todos los demás, en las dos sesiones de clase, en las que vi de manera especial una atención a los detalles y sobre todo un deseo vivo por comprender. Recuerdo estar sentada en mi mesa intentando que llegáramos a la profundidad, a la terrible ironía del último regalo de Navidad del padre de Fernanda del Carpio. 
Recuerdo también la ansiedad que sentían por no saber el fragmento de la novela que tendrían que comentar en su examen y el alivio posterior cuando su hoja les hablaba sobre la fiebre del insomnio o los pescaditos dorados del Coronel Aureliano Buendía.

Sin embargo, hay que reconocer que leer Cien años de soledad era el destino natural de nuestro viaje, que había empezado años atrás —gracias también a profesoras dedicadas y sabias como Beatriz Vergara y Gladys De Bravo—. Recuerdo hacer clase afuera y leer durante tres sesiones, en voz alta, con uno o dos de los grupos, Crónica de una muerte anunciada en su totalidad. Aún puedo sentir el nudo en la garganta cada vez que llegaba a Santiago Nasar subiendo la escalera con su "ramo de rosas" colgándole del vientre.  Luego, con El coronel no tiene quién le escriba, recuerdo los ojos blanqueados de las niñas ante la terquedad del coronel y los ceños fruncidos de los niños, ante cualquier intromisión de su esposa. Todos, incluso yo que había leído a su edad la misma historia, le hacíamos fuerza por igual a la salud del gallo y a la llegada de la carta. 

El año siguiente leíamos El amor en los tiempos del cólera y vi las caras entusiastas del año anterior tornarse inicialmente somnolientas hasta que, claro, resultó que 53 años, 7 meses y 11 días después, nuestra persistencia y la de Florentino Ariza tuvieron todo el sentido del mundo. Así como luego, adentrarnos en los cuentos resultó natural y divertido, aunque no por ello menos complejo: recuerdo ver una adaptación audiovisual pésima de Un señor muy viejo con unas alas enormes y reírme junto a ellos como si no hubiera mañana porque ya para entonces sabíamos, todos, que no había manera de hacerle justicia a un relato de esa magnitud. Con otro grupo, antes o después, mientras leíamos Del amor y otros demonios, tuve que aceptar con humildad, la petición de no ver, —¡NO VER!— la película en clase: lo entendí por completo, no existe criatura humana capaz de ser Sierva María. 

Una de mis estudiantes me dijo también un día que si mi propósito con ponerlos a leer La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada era hacerlos perder su fe en la humanidad, lo estaba logrando. Otra me dijo que no le parecía que el El verano feliz de la señora Forbes fuera una lectura para su edad. Uno, que acababa de sufrir un revés amoroso, me decía que en este mundo todas son Ángela Vicario, con toda la rabia que creo, era capaz de sentir. 

Lo anterior me sirve para llegar al motivo central de esta nota: yo vi, con mis propios ojos, cómo la lectura de Gabriel García Márquez afectó a mis estudiantes, cómo los tocó, cómo pudieron sentir que les hablaba directamente. Creo que una de las razones es la siguiente: estamos en Latinoamérica. Sin embargo, ni todos mis estudiantes eran latinos, ni el español era su primera lengua. Supongo que eso debe querer decir algo. 

De este modo, la avalancha de artículos, unos más oportunistas y faranduleros que otros, sobre la muerte de García Márquez me ha demostrado, en el barrido que he hecho desde las dos de la tarde de ayer hasta esta mañana, que la lectura de García Márquez no lo deja a uno intacto y que es casi imposible fingir que se leyó al autor; ayer en su nota de despedida "Primer amor", Catalina Ruiz-Navarro decía que la relación de todos los colombianos con la obra de García Márquez es íntima y, como todos sabemos, la intimidad es algo que no se puede aparentar. Hay quien lo logra, sin embargo. Hay quien cree que escribir para medios es hacerlo oscuramente y dar muestras de erudición, de superioridad intelectual. He leído artículos en los que sin humildad alguna se juzga el estilo de García Márquez a la luz de ideas de segunda mano, de lo que ya han dicho los estudiosos de su obra, sus contradictores o cualquiera en fin que sí lo ha leído y no habla para alimentar su vanidad. 

Yo escribo esta nota para la gente que quiero y que no tiene ni idea, como yo, de si García Márquez gustaba del sancocho, se cepillaba los dientes antes de dormir, prefería el café con o sin azúcar y sin embargo, logró comunicarse con él en un nivel personal, profundo. Para quienes como yo, a pesar de haber o no leído tanta teoría y crítica literaria alrededor de la fundación de Macondo,  sentimos esa aldea de casas blancas como nuestro hogar, y no porque estamos en Latinoamérica, sino porque desde cualquier lugar del mundo, la casa de Úrsula y sus animalitos de dulce siempre tendrá las puertas abiertas para recibirnos.

viernes, enero 17, 2014

Un millón de amigos menos

Recuerdo con especial incomodidad las ocasiones en las que he querido irme de una fiesta y no he podido hacerlo, pero recuerdo con mayor incomodidad esas ocasiones en las que pudiendo irme y deseándolo no lo he hecho. Muchas de ellas están lejos, lejos en mi memoria, y casi todas ellas se ubican en mis años de universidad. También recuerdo ir la mayoría de las veces a tomarme la misma cerveza en el mismo lugar a la misma hora para ver las mismas caras y escuchar los mismos chistes; aún así, pasar un buen rato —las primeras 500 de las 1500 veces. No es que tenga algo en contra de la rutina, no soy tampoco una amante de la aventura, pero me aburro con facilidad. Supongo que hubo un momento de mi vida en el que consideré que si todo el mundo lo disfrutaba y yo no, tal vez era porque algo malo había en mí y cedí, aún a costa de mi aburrimiento. Necesidad de logro y pertenencia.
La gente cambia, eso es un hecho, lo que no creo es que la gente cambie de manera simultánea y para poder estar de nuevo en la misma dirección, para seguir conservando los viejos hábitos o adquirir nuevas maneras y gustos de manera grupal. Supongo, tal vez equivocadamente, que cuando en un grupo de amigos todos son tan iguales y están tan de acuerdo es porque alguno está mintiendo. Una vez más, necesidad de logro y pertenencia.
Existe un vínculo muy estrecho entre lo que consideramos logro, triunfo y la pertenencia a una colectividad. Al parecer, lo que logramos no vale de nada si no tenemos quien lo valide, celebre o imite, si no tenemos un séquito de amistades que de corazón sientan el triunfo como suyo y de hecho lo consideren como triunfo, lo valoren del mismo modo en que nosotros lo hacemos. La aprobación del grupo de amigos resulta entonces una inyección de ego que se retribuye con una fidelidad hacia el colectivo cada vez mayor, de manera que en realidad el logro de uno es el de todos y la relación se hace cada vez más fuerte y por lo tanto duradera. Suena grandioso, ¿verdad?
Si consideramos lo anterior, esta relación entre logro y pertenencia es la base de las amistades exitosas y serviría para explicar porque, a pesar del paso de los años, muchos adultos buscan reproducir la experiencia de tener un grupo de amigos con su propio nombre, como los del colegio, que escuche la misma música y vaya a los mismos sitios, como en la adolescencia, y hasta se vista de manera similar, como en, no sé, los Power Rangers. Tal vez allí se encuentre la verdadera amistad, tal vez eso sea el tesoro de las relaciones humanas del que desde tiempos inmemoriales se ha hablado, tal vez de esa manera está más cómodo el hombre. 
De ser así, creo que he fracasado rotundamente. Incluso cuando en la universidad andaba con un grupo enorme de amigos, cuando actualmente me reúna con amigas que son amigas entre sí y de hecho algunas personas me consideraran parte de un grupo —escribirlo ya es bien molesto—, siempre me ha quedado difícil sentirme parte de la mancha. De alguna manera, siempre he sentido que dentro de un grupo no puedo ser amiga del mismo modo con toda la gente ni creo que todos en verdad sean amigos entre sí, y claramente nunca he creído que todo el mundo sea mi amigo, así me caiga bien, compartamos gustos, podamos conversar y todas esas cosas que hace la gente cuando dos o más se reúnen con la ropa puesta. 
Por otra parte, me cuesta, siempre me ha costado creer que uno sólo puede ser amigo de gente que piensa igual que uno, viene de la misma clase social y comparte los mismos prejuicios. A lo largo de mi vida me he juntado con mucha gente a cuyo mundo simplemente no pertenezco y creo que he podido aprender dos o tres cosas de cada uno de ellos. También hay un par que he soportado con estoicismo y que lo único que me han dejado es ira por mi tiempo perdido. A veces es difícil cuando uno va descubriendo que ese al que se considera amigo no sólo piensa diferente o tiene gustos distintos u opiniones políticas lejanas sino que se ha ido convirtiendo en una molestia porque el diálogo se ha agotado, porque no demuestra el mismo respeto que uno hacia él y sus opiniones, o porque de algún modo busca convertirlo a sus creencias. La única solución que se me ocurre al respecto es la distancia. 
Desde hace algún tiempo he procurado entender que hay gente a la que definitivamente no  le interesa mi presencia en sus vidas, pero principalmente, he entendido que hay personas a las que no quiero volver a ver. No lo digo en tono melodramático: el hecho de que no quiera volver a ver a alguien no quiere decir que lo odie o le desee el mal. Tampoco creo que todo el que no quiera ser mi amigo crea que soy una maldita imbécil, pero bueno, eso es sólo lo que yo creo.
El punto es que le he ido perdiendo el miedo a cortar lazos, poco a poco. No lo logro del todo, pero creo que la distancia entre algunas personas que he conocido y yo, nos ha permitido ser más nosotros mismos, mutuamente.  Es poca la gente junto a la cual uno puede ser uno mismo, casi ninguna con la que uno pueda ser todos sus yo a la vez; en las amistades, no es el tiempo ni los gustos, lo que garantiza que así sea.
Tengo un par de amistades de más de 20 años, un gran amigo que conocí hace 15 y vive lejísimos, tal vez 3 de la última década y un par de amigas que conocí hace relativamente poco y por las cuales siento un afecto igual de intenso aunque diferente al que siento por las primeras. He conocido amigos de toda la vida que se harían un favor dejando de hablar entre ellos y gente que se conecta en el primer segundo con mucha mayor honestidad. Adicionalmente, he notado que para algunos amigos —no todos— sus grupos con otros amigos resultan limitantes, controladores, y que no saben cómo salirse de tanto compromiso, cena, café, brunch, pintada de uñas, celebración inventada y ciclovía colectiva.
Así las cosas, creo que dejar de buscar el millón de amigos de la canción puede ser una buena idea para muchos de nosotros. Tal vez con menos público sea más fácil ser uno mismo, decir lo que piensa de verdad y permitirle a otros que lo hagan. Tal vez el propósito de este año deba ser tener un millón de amigos menos.



lunes, diciembre 23, 2013

Diomedes Díaz, ese muchacho


La noticia de fin de año en Colombia sin duda alguna es la muerte del cantautor vallenato Diomedes Díaz, quien incuestionablemente es uno de los máximos exponentes del género no sólo por su carrera musical de más de 30 años sino por la manera en que sus composiciones hacen parte imprescindible de la identidad cultural de varias generaciones de colombianos que se identifican con las historias de amor, superación, parranda, injusticia social, con la descripción de los paisajes sabaneros, la magia vallenata de sus canciones.  Difícilmente puede encontrarse un colombiano que aún a pesar de sí mismo no cuente con una canción de Diomedes Díaz en su banda sonora personal; nuestro país tan católico y devoto, celebró a Diomedes el 26 de mayo y el 16 de julio por igual porque la devoción a la Virgen del Carmen era inseparable de su figura. La advocación de la Virgen del Carmen, según la tradición católica, liberará del purgatorio a las almas que le sean devotas y socorrerá a las almas expuestas a peligros graves; no es sorpresa, debido a sus anteriores potestades,  que sea la patrona de las Fuerzas Armadas de Colombia, la Policía Nacional, el Cuerpo de Bomberos y el gremio del transporte.
Sobre la fascinante historia del talento temprano, el don de gentes, la superación de la adversidad del niño de Carrizal que vendía fritos a la entrada de la escuela y llegará a convertirse en una de las más grandes estrellas de la música nacional, puede uno hacerse una idea en la crónica de Alberto Salcedo Ramos “La eterna parranda de Diomedes Díaz”, publicada originalmente en la revista SoHo hace casi tres años.
 La historia de superación, gloria y decadencia, cuenta con todos los elementos para generar admiración y repulsión sobre su figura; desenfadado y polémico hasta en el llanto de sus seguidores, Diomedes Díaz impacta con su muerte  a todo un país que lo recuerda, o debería recordarlo en toda su dimensión pues más que un héroe, constituye una radiografía de nuestra idiosincrasia.
Por todo lo anterior, no deja de llamar la atención la polémica generada en las redes sociales por los comentarios que lamentan la muerte del músico sin dejar de recordar sus cuentas pendientes con la ley, debido a su presunta participación en la muerte de su fanática Doris Adriana Niño, crimen por el que pagó 32 meses de cárcel para salir en libertad condicional luego de haber pagado una multimillonaria indemnización a la  familia de la víctima; y también por la relación que sostuvo con el paramilitarismo, pues entre otras cosas, fueron miembros del bloque norte de las AUC quienes de hecho lo protegieron cuando estaba fugitivo.  Lo interesante de esta polémica es que ha generado un sinnúmero de comentarios que piden respeto por la memoria del artista como si honrar la memoria de alguien tuviera que ver con mentir sobre su vida.
Por otra parte, se han desatado infinidad de comparaciones con otros artistas cuya vida también abundó en hechos polémicos para  generar argumentos a favor de silenciar tales acontecimientos del recuerdo de Diomedes Díaz. Desde Sid Vicious y Michael Jackson, hasta Pambelé, han servido para construir consideraciones del tipo: “Pero si todos sus ídolos son drogadictos entonces no hay por qué juzgar a Diomedes”, “su música lo redime de todas sus faltas” o, el más complicado que leí, “a Doris Adriana la lloró su familia porque no era nadie,  en cambio Diomedes es un ídolo de multitudes”; sobra decir que ni la apelación al ejemplo ni a la multitud hacen menos graves las faltas de la persona de Diomedes Díaz quien además de un gran músico fue una figura pública.
Adicionalmente, otros han opinado que se debe considerar a la obra independientemente de al artista. Resulta muy difícil no estar de acuerdo con esta premisa, pero también es complicado pedir que esto se logre de manera clara con una figura que incorporó tanto de su propia vida en su producción musical. Aún cuando se realice esta separación, en todo caso, el artista y no la obra es quien muere  y  no resulta del todo claro por qué no puede recordársele en todas sus dimensiones, sin ser idealizado.  Me llama la atención algo dicho por Catalina Ruíz-Navarro en su cuenta de Twitter: “No se pueden trasladar los juicios morales sobre la persona a la obra. no se pueden trasladar los juicios estéticos sobre la obra a la persona”, pues aunque estoy de acuerdo con la premisa en términos generales —que igual podría generar una discusión más amplia—, creo que el problema sobre la polémica acerca de la manera en que se recordará a Diomedes Díaz  no tiene que ver con moralizar la obra sino en no convertir a la obra en una defensa de las acciones de la persona; es decir, creo que tal vez en esa idea que muchos comparten con Ruíz-Navarro, haya que replantearse si para este caso no se estaría retornando a la idea del arte como redención.  Cabe preguntarse también si en ese sentido hay lugar a la ofensa frente a consideraciones como la de Claudia López cuando afirmaba sobre Diomedes Díaz:” Disfrutaré siempre su música, pero Diomedes Díaz perdió mi corazón hace años. Paz en su tumba y abrazo a su familia y seguidores”,  “como músico fue uno de los grandes. como hombre uno de los más pequeños: abusador de mujeres, drogas y poder, cómplice de paramilitares”. 
No tengo la respuesta frente a lo anterior pero creo que la inquietud es valiosa en la medida en que nos lleve a reconsiderar supuestos como el de que no hay muerto malo y a contemplar que si bien la obra de arte puede considerarse liberada de consideraciones morales, si insistimos en la idea de la separación artista-obra,  ésta última no puede convertirse en cortina de humo ni en justificación de las acciones personales de su creador. O tal vez esa división no es tan fácil y milimétrica y también debe estarse repensando constantemente.
Sin embargo, si nos mantenemos fieles a la idea de que obra y artista son autónomos, podríamos encontrar apoyo precisamente en una de las canciones compuestas por el ídolo fallecido, mi canción preferida de El Cacique de la Junta, “Mi muchacho”:


Por eso Rafael Santos yo quiero 
dejarte dicho en esta canción 
que si te inspira ser zapatero 
sólo quiero que seas el mejor 
por que de nada sirve el doctor 
si es el ejemplo malo del pueblo 

Y el ejemplo mío es mi viejo 
y el ejemplo tuyo yo soy.

martes, noviembre 12, 2013

Monstruos

No sé por qué escribo esto ni por qué me estoy sintiendo de la manera en la que me estoy sintiendo. Acabo de leer una noticia infame escrita de manera tan horrenda que no alcanzo a terminar de reaccionar. No podré comprender nunca que es lo que pasa dentro de la mente de alguien que ataca a sus hijos. Me imagino una y otra vez, escucho en mi cabeza los gritos aterrados de un niño de seis años viendo cómo su mamá es destrozada por golpes de machete por su propio padre; cómo ése que debiera ser quien lo protegiera de todo mal es ahora su verdugo.
Nunca he sufrido una herida mayor, no puedo imaginarme lo que debe ser un machetazo, no puedo imaginarme la cantidad de sangre que brota de una herida de esas, no puedo imaginarme lo que es tener 6, 8, 12 años y estar enfrentado a eso,  a ríos de sangre saliendo del cuerpo de la persona que uno más ama en el mundo gracias a un ataque de ira de la otra persona que uno más ama en el mundo.
No puedo comprender cómo estos niños gritaban y gritaban y gritaban y nadie entró, con otro machete más grande, con un machete el hijueputa, a defenderlos.
No comprendo cómo uno puede ver los ojos asustados de su hijo y no detenerse.
Sin embargo, supongo que esas cosas, esos monstruos, todo ese mal, toda esa infamia y esa capacidad de herir y de lastimar y de matar, vive adentro de cada uno de nosotros y qué lucha tan cruel es la que da siempre el hombre para ser bueno, qué duro amar de verdad, que duro ser libre de uno mismo.
Todas las mañanas me repito a mí misma que la vida es bella, que el mundo es bueno, que se puede ser feliz. Anoche le decía a mi hijo, de 12 años, que la tristeza siempre pasa y que no hay problemas eternos y que el mundo es tan maravilloso que sigue girando a pesar de uno. Ahora heme aquí en el trabajo, intentando contener las lágrimas y preguntándome por qué, cómo, a qué horas es que pasan estas cosas y cómo puede uno dejar de ser un simple idiota que va y se queja en Twitter o en los foros de los periódicos, o en este blog. Cómo es que uno ve la tragedia y se siente tan terriblemente triste pero también está lo suficientemente lejos de ese dolor como para darse cuenta que el remedo de crónica que leyó al respecto es también una forma de infamia, es también una forma de maltratar.
¿Cómo se supone que uno pueda llegar a la casa en las noches y decirle a sus hijos que vale la pena? ¿Cómo cuando uno siente que cada vez, que cada paso, que cada centímetro de esta superficie es dolor y dolor y dolor?

Uno, que no sufre nada, que no es nadie, que es mediano hasta en sus tragedias. Uno que ha sido “afortunado”, no deja de sentirse como un grandísimo imbécil cuando ve de lejos una pizca del real horror de ser humano.
Nada de esto tiene sentido y decirlo me hace sentir como una idiota. Lo único que sé es que en mi cabeza intento imaginar el sonido de los gritos, de los golpes, una y otra vez, sin lograr entender nada.

domingo, setiembre 01, 2013

12

Empecé a escribirte cartas el día en que supe que estaba embarazada; las tengo todas guardadas para ti en la cajita azul que está en mi armario, ésa que siempre preguntas qué es lo que tiene adentro. Cada año, el primer día de septiembre entro aquí y te escribo también, como una forma de dejarte más pistas sobre toda nuestra relación para el día en que yo ya no esté y tal vez tengas preguntas. Me refiero a preguntas de las importantes, las que tienen que ver con lo que pasa interiormente, no con los hechos ni las circunstancias, que esos y esas ya los conoces y a la larga no importan.
Hace 12 años a esta hora estaba yo en la clínica, estábamos, los dos casi que sentenciados, con diagnósticos poco alentadores. Como siempre te he contado, desde que eras tan pequeño que podía levantarte con una mano, naciste a pesar de todo, y no solamente respiraste por primera vez este aire de afuera sino que además fuiste, siempre lo has sido, todo un acontecimiento en tu llegada. Miles de niños nacen cada minuto y todo padre cree que su hijo es el más bello pero contigo, más allá del afecto y la emoción, siempre, desde ese primer momento, está esa certeza de estar presenciado algo grande.
Esos ojos grandes, curiosos, profundos que lo preguntan todo desde la primera vez que los abriste, las manos fuertes pero delicadas de médico brujo y la voz, esa voz tan particular, tan reconocible y de cierto modo tan mía, desde la primera palabra que dijiste. Todas esas cosas son una forma de la maravilla y por eso debe ser que cada noche, cuando ya estás dormido, tengo que venir a verte de nuevo para constatar que existes y que no llevo doce años imaginándote, imaginando la felicidad.
Imaginando que puedo ser buena y que hay algo en mí que sirve a alguien y hace feliz a alguien y que de cierto modo merezco amar y tener a un pequeño como tú cuando llego a la casa que muere por contarme sus avances en Zelda o el nombre de la última canción que descargó por Internet. Un hombrecillo de nariz diminuta que sonríe cada vez que me ve y que por alguna razón que no logro comprender, cree que puede preguntármelo todo y tener respuestas y que confía en que yo siempre le estoy diciendo la verdad.
A veces siento nostalgia del niño pequeño que necesitaba que lo alzaran y que me decía "camina más despacio que mis piernas son más cortas". A veces quisiera nunca haber soltado tu mano el día en que te conocí, que fueras así, pequeño para siempre, dependiente de mí para siempre. Sin embargo, luego de esa nostalgia me invade un orgullo absurdo de ver cómo creces y aprendes todo el tiempo y eres esta máquina maravillosa que almacena información y produce frases asombrosas y se sienta y toca el piano y viene a mí cuando estoy enferma, cuando creo que no existe nada por fuera del dolor, y lo cambia todo, me cuida, me protege, me sana.
Últimamente has sido mi enfermero, mi asistente, mi brazo... sin pedir nada, sin molestarte de algún modo, sin que te lo pida nadie. No sé de dónde sacaste tanta nobleza y tanta bondad, tanta sabiduría en tan sólo 12 años y a la vez, cómo mantienes esa capacidad de ser pequeño y sorprenderte, de ser feliz con cosas sencillas.
Eres mi hijo y acudiré al cliché para decirte que sin embargo, tú me enseñas más de lo que yo a ti. Te admiro por eso. Te amo.
Feliz cumpleaños, hijito.

martes, julio 16, 2013

Entre el Audi y el ranking

(Retrato del docente adolescente vol. 6 )


“Entonces me dice que le está yendo más o menos mal en su materia así que le pido que le ponga recuperaciones hasta que pase” —Madre de C, 16 años
“A ver si nos podemos ver para revisar mi parcial y cómo hago para subir esa nota” — F, 22 años, estudiante
“Pues yo sé que no presenté  (el segundo y tercer parcial, requisitos para el trabajo final) pero ay, pues si quieres te hago un trabajo extra que me cubra esas dos notas” — S, 21 años, estudiante
“Yo sí sería incapaz de dictarle clase a esa gente que cree que uno es un sirviente de ellos”— J, 34 años, docente
“Tranquila, llámame que eso yo pongo a los chinos a hacer un taller o cualquier maricada a esa hora”— M, 32 años, docente



Hace algunos días César Mario Gómez hablaba en su blog de la supuesta vocación del docente en un texto titulado “La docencia como quimera”  y no pude estar más de acuerdo con él en la perversidad de hablar de vocación  cuando claramente, desde lo que él denomina una “privatización de la infancia” el docente es el último eslabón de la cadena de delegación de la responsabilidad sobre el bienestar y cuidado de los niños y jóvenes.  Las citas que preceden a este texto no hacen más que ejemplificar esa situación  porque si bien es cierto que, como anota Gómez en su artículo, la responsabilidad sobre el cuidado de la infancia compete a diversos actores sociales, es sobre el docente sobre quien parece recaer la culpa si algo falla.
La infancia y la adolescencia son períodos muy solitarios —claro, la vida entera lo es, dirán— y es una realidad que cada vez más los padres ven en el colegio la posibilidad de un receso, de un aplazamiento de su rol de compañeros.
El pago de una mensualidad o un semestre pareciera a veces  tener la función de garantizar aprendizaje, autoestima, salud mental y además independencia en los estudiantes.
Entre tanto, los noticieros nos muestran con absoluto morbo y falta de respeto la historia de los suicidios cada vez más frecuentes entre estudiantes de colegio, y sin respeto por el duelo de padres y compañeros exponen detalles que apuntan a los profesores que les hicieron perder el año, que no los escucharon, como  responsables, indiferentes hacia esa persona que tenían frente a sí, cinco días a la semana, durante ocho horas al día.  Se culpa a los docentes de no haber estado ahí, de no haber sido un mejor ejemplo.
Independientemente de la ya hecha cliché victimización del docente que se enfrenta a un trabajo mal pagado  y sin motivaciones, pero que le exige investigar, publicar, capacitarse, es hora de decir que nada de esto justifica la negligencia de muchos profesores que pierden de vista que ellos también son responsables del cuidado de los niños; sin embargo, eso dista mucho de hacerlos culpables de tragedias como las ya señaladas.
Otros casos, como el de  Fabio Andrés Salamanca Danderino ,  un hombre de 23 años que con su Audi embistió borracho a un taxi provocando la muerte de dos jóvenes y que no ha podido ser procesado pues se encuentra internado en la clínica por estrés, parecieran también apuntar al sistema educativo, hacia el docente, pero desde otra perspectiva.
Para muchos de nosotros es ridículo que Salamanca alegue estrés para no ser judicializado pues sabemos que si no tuviera el dinero que paga un auto como el suyo, tampoco podría pagar los abogados  que permiten llevar a cabo tal maniobra. Es claro que Salamanca está en una posición mucho más cómoda que muchas personas que cometan la misma canallada debido a su posición económica. Sin embargo, ha llamado mucho mi atención el hecho de que constantemente se aluda en los comentarios en Twitter y el mismo foro de la noticia sobre su caso, al hecho de que estudie en determinada universidad, pero más allá de eso, me inquietan los comentarios que señalan a su educación formal, académica, como la responsable de que esta persona sienta que está por encima de la ley. “A los ricos les enseñan a pasar por encima de los demás”,  “eso es lo que aprenden los uniandinos”, “todos esos riquillos aprenden lo mismo” me hace retornar  a pensar en esas exigencias ridículas que la “vocación” docente parece demandar.
Responsabilidad social, consciencia, sentido ético, sobriedad, sentido común, respeto por la vida, parecieran ser una responsabilidad directa de los docentes nuevamente. Y paradójicamente vemos padres que pagan cantidades astronómicas en los colegios y universidades de élite para conseguir que así sea mientras que desde el punto de vista del ciudadano común  pareciera que éstos pagaran para garantizar que sus hijos son eximidos de la necesidad de adquirir estos aprendizajes.
Por supuesto es indignante toda situación en la que cualquier persona a razón de su dinero y conexiones puede, o se cree capaz, de pasar por encima de las leyes que se supone deben protegernos a todos. Sin embargo, ¿es realmente válido asociar el prejuicio de clase a la formación académica  y la responsabilidad docente para analizar estas situaciones?
En ese sentido, mi pregunta central se dirige hacia los famosos rankings de calidad educativa en Colombia, cuyo único punto de referencia es la prueba SABER 11, antes conocida como ICFES.  Hoy precisamente en Las dos orillas, el artículo “Los colegios de la elite: los más caros pero no los mejores  señala cómo de acuerdo a dicha clasificación, los colegios más caros del país están lejos de ofrecer la mayor calidad educativa y los hace ver, en cierta manera, como una especie de clubes sociales donde la élite junta a sus hijos con los de su clase. Tal vez esto último que digo sea fuerte, pero no lo suprimiré pues, por más viciado que suene, parece ser el mensaje entendido por muchos de los lectores y no sólo eso, sino que seguramente es la percepción real de muchos de esos padres de élite; puede ser una realidad para muchos de los estudiantes de dichas instituciones.
A pesar de lo anterior, la generalización es perversa, tanto como —y de esto no tiene culpa el artículo— el establecimiento de una relación entre precio y calidad educativa que, desde mi perspectiva, sólo refuerza la idea —que para mí es una realidad— de que la educación está dominada por una lógica mercantilista en la que el docente es solamente un prestador de servicios y en la que el cliente siempre tiene la razón.
Muchas razones pueden esgrimirse para esta aparente disparidad entre costo y calidad, más allá de las vinculadas a los marcadores de clase y estatus asociados a la conformación de una élite. En primer lugar,  la prueba SABER 11 simplemente no es una prioridad, sino una obligación; donde verdaderamente se ven los resultados de los procesos de dichas instituciones es en las pruebas internacionales. Adicionalmente, muchos de estos colegios no siguen completamente el currículo colombiano y no sólo por una pretensión burguesa de internacionalización o un desdén elitista sino porque tal currículo ha dejado de ser competitivo en el nivel mundial y muchos de sus estándares deberían ser revisados juiciosamente pues no siempre tienen en cuenta las particularidades, los diferentes estilos de aprendizaje y las nuevas herramientas para el mismo de sus estudiantes. Por otra parte, la prueba en sí misma,  desconoce las peculiaridades de las instituciones internacionales de modo que por ejemplo, desde el año pasado es obligatoria para todos los estudiantes de los mismos así sean extranjeros y sólo hayan estudiado, digamos, un año dentro del sistema educativo colombiano.  De este modo, debemos llevar el análisis sobre la calidad educativa más allá del ránking y la relación precio-calidad que me parece más aplicable para los supermercados que para los colegios.
A la luz de todo lo anterior, me parece pertinente que nos fijemos en qué tanto nuestra idea de la educación y específicamente de la docencia está alimentada por una cantidad de prejuicios  que en vez de alimentar el debate y permitirnos pensar  en formas de mejorar las condiciones de estudiantes y docentes alimentan discursos de odio y banalizan una discusión tan importante como la de la calidad educativa. 
Que no hagamos del asunto una pelea de estereotipos, ése es el reto.