viernes, enero 17, 2014

Un millón de amigos menos

Recuerdo con especial incomodidad las ocasiones en las que he querido irme de una fiesta y no he podido hacerlo, pero recuerdo con mayor incomodidad esas ocasiones en las que pudiendo irme y deseándolo no lo he hecho. Muchas de ellas están lejos, lejos en mi memoria, y casi todas ellas se ubican en mis años de universidad. También recuerdo ir la mayoría de las veces a tomarme la misma cerveza en el mismo lugar a la misma hora para ver las mismas caras y escuchar los mismos chistes; aún así, pasar un buen rato —las primeras 500 de las 1500 veces. No es que tenga algo en contra de la rutina, no soy tampoco una amante de la aventura, pero me aburro con facilidad. Supongo que hubo un momento de mi vida en el que consideré que si todo el mundo lo disfrutaba y yo no, tal vez era porque algo malo había en mí y cedí, aún a costa de mi aburrimiento. Necesidad de logro y pertenencia.
La gente cambia, eso es un hecho, lo que no creo es que la gente cambie de manera simultánea y para poder estar de nuevo en la misma dirección, para seguir conservando los viejos hábitos o adquirir nuevas maneras y gustos de manera grupal. Supongo, tal vez equivocadamente, que cuando en un grupo de amigos todos son tan iguales y están tan de acuerdo es porque alguno está mintiendo. Una vez más, necesidad de logro y pertenencia.
Existe un vínculo muy estrecho entre lo que consideramos logro, triunfo y la pertenencia a una colectividad. Al parecer, lo que logramos no vale de nada si no tenemos quien lo valide, celebre o imite, si no tenemos un séquito de amistades que de corazón sientan el triunfo como suyo y de hecho lo consideren como triunfo, lo valoren del mismo modo en que nosotros lo hacemos. La aprobación del grupo de amigos resulta entonces una inyección de ego que se retribuye con una fidelidad hacia el colectivo cada vez mayor, de manera que en realidad el logro de uno es el de todos y la relación se hace cada vez más fuerte y por lo tanto duradera. Suena grandioso, ¿verdad?
Si consideramos lo anterior, esta relación entre logro y pertenencia es la base de las amistades exitosas y serviría para explicar porque, a pesar del paso de los años, muchos adultos buscan reproducir la experiencia de tener un grupo de amigos con su propio nombre, como los del colegio, que escuche la misma música y vaya a los mismos sitios, como en la adolescencia, y hasta se vista de manera similar, como en, no sé, los Power Rangers. Tal vez allí se encuentre la verdadera amistad, tal vez eso sea el tesoro de las relaciones humanas del que desde tiempos inmemoriales se ha hablado, tal vez de esa manera está más cómodo el hombre. 
De ser así, creo que he fracasado rotundamente. Incluso cuando en la universidad andaba con un grupo enorme de amigos, cuando actualmente me reúna con amigas que son amigas entre sí y de hecho algunas personas me consideraran parte de un grupo —escribirlo ya es bien molesto—, siempre me ha quedado difícil sentirme parte de la mancha. De alguna manera, siempre he sentido que dentro de un grupo no puedo ser amiga del mismo modo con toda la gente ni creo que todos en verdad sean amigos entre sí, y claramente nunca he creído que todo el mundo sea mi amigo, así me caiga bien, compartamos gustos, podamos conversar y todas esas cosas que hace la gente cuando dos o más se reúnen con la ropa puesta. 
Por otra parte, me cuesta, siempre me ha costado creer que uno sólo puede ser amigo de gente que piensa igual que uno, viene de la misma clase social y comparte los mismos prejuicios. A lo largo de mi vida me he juntado con mucha gente a cuyo mundo simplemente no pertenezco y creo que he podido aprender dos o tres cosas de cada uno de ellos. También hay un par que he soportado con estoicismo y que lo único que me han dejado es ira por mi tiempo perdido. A veces es difícil cuando uno va descubriendo que ese al que se considera amigo no sólo piensa diferente o tiene gustos distintos u opiniones políticas lejanas sino que se ha ido convirtiendo en una molestia porque el diálogo se ha agotado, porque no demuestra el mismo respeto que uno hacia él y sus opiniones, o porque de algún modo busca convertirlo a sus creencias. La única solución que se me ocurre al respecto es la distancia. 
Desde hace algún tiempo he procurado entender que hay gente a la que definitivamente no  le interesa mi presencia en sus vidas, pero principalmente, he entendido que hay personas a las que no quiero volver a ver. No lo digo en tono melodramático: el hecho de que no quiera volver a ver a alguien no quiere decir que lo odie o le desee el mal. Tampoco creo que todo el que no quiera ser mi amigo crea que soy una maldita imbécil, pero bueno, eso es sólo lo que yo creo.
El punto es que le he ido perdiendo el miedo a cortar lazos, poco a poco. No lo logro del todo, pero creo que la distancia entre algunas personas que he conocido y yo, nos ha permitido ser más nosotros mismos, mutuamente.  Es poca la gente junto a la cual uno puede ser uno mismo, casi ninguna con la que uno pueda ser todos sus yo a la vez; en las amistades, no es el tiempo ni los gustos, lo que garantiza que así sea.
Tengo un par de amistades de más de 20 años, un gran amigo que conocí hace 15 y vive lejísimos, tal vez 3 de la última década y un par de amigas que conocí hace relativamente poco y por las cuales siento un afecto igual de intenso aunque diferente al que siento por las primeras. He conocido amigos de toda la vida que se harían un favor dejando de hablar entre ellos y gente que se conecta en el primer segundo con mucha mayor honestidad. Adicionalmente, he notado que para algunos amigos —no todos— sus grupos con otros amigos resultan limitantes, controladores, y que no saben cómo salirse de tanto compromiso, cena, café, brunch, pintada de uñas, celebración inventada y ciclovía colectiva.
Así las cosas, creo que dejar de buscar el millón de amigos de la canción puede ser una buena idea para muchos de nosotros. Tal vez con menos público sea más fácil ser uno mismo, decir lo que piensa de verdad y permitirle a otros que lo hagan. Tal vez el propósito de este año deba ser tener un millón de amigos menos.



lunes, diciembre 23, 2013

Diomedes Díaz, ese muchacho


La noticia de fin de año en Colombia sin duda alguna es la muerte del cantautor vallenato Diomedes Díaz, quien incuestionablemente es uno de los máximos exponentes del género no sólo por su carrera musical de más de 30 años sino por la manera en que sus composiciones hacen parte imprescindible de la identidad cultural de varias generaciones de colombianos que se identifican con las historias de amor, superación, parranda, injusticia social, con la descripción de los paisajes sabaneros, la magia vallenata de sus canciones.  Difícilmente puede encontrarse un colombiano que aún a pesar de sí mismo no cuente con una canción de Diomedes Díaz en su banda sonora personal; nuestro país tan católico y devoto, celebró a Diomedes el 26 de mayo y el 16 de julio por igual porque la devoción a la Virgen del Carmen era inseparable de su figura. La advocación de la Virgen del Carmen, según la tradición católica, liberará del purgatorio a las almas que le sean devotas y socorrerá a las almas expuestas a peligros graves; no es sorpresa, debido a sus anteriores potestades,  que sea la patrona de las Fuerzas Armadas de Colombia, la Policía Nacional, el Cuerpo de Bomberos y el gremio del transporte.
Sobre la fascinante historia del talento temprano, el don de gentes, la superación de la adversidad del niño de Carrizal que vendía fritos a la entrada de la escuela y llegará a convertirse en una de las más grandes estrellas de la música nacional, puede uno hacerse una idea en la crónica de Alberto Salcedo Ramos “La eterna parranda de Diomedes Díaz”, publicada originalmente en la revista SoHo hace casi tres años.
 La historia de superación, gloria y decadencia, cuenta con todos los elementos para generar admiración y repulsión sobre su figura; desenfadado y polémico hasta en el llanto de sus seguidores, Diomedes Díaz impacta con su muerte  a todo un país que lo recuerda, o debería recordarlo en toda su dimensión pues más que un héroe, constituye una radiografía de nuestra idiosincrasia.
Por todo lo anterior, no deja de llamar la atención la polémica generada en las redes sociales por los comentarios que lamentan la muerte del músico sin dejar de recordar sus cuentas pendientes con la ley, debido a su presunta participación en la muerte de su fanática Doris Adriana Niño, crimen por el que pagó 32 meses de cárcel para salir en libertad condicional luego de haber pagado una multimillonaria indemnización a la  familia de la víctima; y también por la relación que sostuvo con el paramilitarismo, pues entre otras cosas, fueron miembros del bloque norte de las AUC quienes de hecho lo protegieron cuando estaba fugitivo.  Lo interesante de esta polémica es que ha generado un sinnúmero de comentarios que piden respeto por la memoria del artista como si honrar la memoria de alguien tuviera que ver con mentir sobre su vida.
Por otra parte, se han desatado infinidad de comparaciones con otros artistas cuya vida también abundó en hechos polémicos para  generar argumentos a favor de silenciar tales acontecimientos del recuerdo de Diomedes Díaz. Desde Sid Vicious y Michael Jackson, hasta Pambelé, han servido para construir consideraciones del tipo: “Pero si todos sus ídolos son drogadictos entonces no hay por qué juzgar a Diomedes”, “su música lo redime de todas sus faltas” o, el más complicado que leí, “a Doris Adriana la lloró su familia porque no era nadie,  en cambio Diomedes es un ídolo de multitudes”; sobra decir que ni la apelación al ejemplo ni a la multitud hacen menos graves las faltas de la persona de Diomedes Díaz quien además de un gran músico fue una figura pública.
Adicionalmente, otros han opinado que se debe considerar a la obra independientemente de al artista. Resulta muy difícil no estar de acuerdo con esta premisa, pero también es complicado pedir que esto se logre de manera clara con una figura que incorporó tanto de su propia vida en su producción musical. Aún cuando se realice esta separación, en todo caso, el artista y no la obra es quien muere  y  no resulta del todo claro por qué no puede recordársele en todas sus dimensiones, sin ser idealizado.  Me llama la atención algo dicho por Catalina Ruíz-Navarro en su cuenta de Twitter: “No se pueden trasladar los juicios morales sobre la persona a la obra. no se pueden trasladar los juicios estéticos sobre la obra a la persona”, pues aunque estoy de acuerdo con la premisa en términos generales —que igual podría generar una discusión más amplia—, creo que el problema sobre la polémica acerca de la manera en que se recordará a Diomedes Díaz  no tiene que ver con moralizar la obra sino en no convertir a la obra en una defensa de las acciones de la persona; es decir, creo que tal vez en esa idea que muchos comparten con Ruíz-Navarro, haya que replantearse si para este caso no se estaría retornando a la idea del arte como redención.  Cabe preguntarse también si en ese sentido hay lugar a la ofensa frente a consideraciones como la de Claudia López cuando afirmaba sobre Diomedes Díaz:” Disfrutaré siempre su música, pero Diomedes Díaz perdió mi corazón hace años. Paz en su tumba y abrazo a su familia y seguidores”,  “como músico fue uno de los grandes. como hombre uno de los más pequeños: abusador de mujeres, drogas y poder, cómplice de paramilitares”. 
No tengo la respuesta frente a lo anterior pero creo que la inquietud es valiosa en la medida en que nos lleve a reconsiderar supuestos como el de que no hay muerto malo y a contemplar que si bien la obra de arte puede considerarse liberada de consideraciones morales, si insistimos en la idea de la separación artista-obra,  ésta última no puede convertirse en cortina de humo ni en justificación de las acciones personales de su creador. O tal vez esa división no es tan fácil y milimétrica y también debe estarse repensando constantemente.
Sin embargo, si nos mantenemos fieles a la idea de que obra y artista son autónomos, podríamos encontrar apoyo precisamente en una de las canciones compuestas por el ídolo fallecido, mi canción preferida de El Cacique de la Junta, “Mi muchacho”:


Por eso Rafael Santos yo quiero 
dejarte dicho en esta canción 
que si te inspira ser zapatero 
sólo quiero que seas el mejor 
por que de nada sirve el doctor 
si es el ejemplo malo del pueblo 

Y el ejemplo mío es mi viejo 
y el ejemplo tuyo yo soy.

martes, noviembre 12, 2013

Monstruos

No sé por qué escribo esto ni por qué me estoy sintiendo de la manera en la que me estoy sintiendo. Acabo de leer una noticia infame escrita de manera tan horrenda que no alcanzo a terminar de reaccionar. No podré comprender nunca que es lo que pasa dentro de la mente de alguien que ataca a sus hijos. Me imagino una y otra vez, escucho en mi cabeza los gritos aterrados de un niño de seis años viendo cómo su mamá es destrozada por golpes de machete por su propio padre; cómo ése que debiera ser quien lo protegiera de todo mal es ahora su verdugo.
Nunca he sufrido una herida mayor, no puedo imaginarme lo que debe ser un machetazo, no puedo imaginarme la cantidad de sangre que brota de una herida de esas, no puedo imaginarme lo que es tener 6, 8, 12 años y estar enfrentado a eso,  a ríos de sangre saliendo del cuerpo de la persona que uno más ama en el mundo gracias a un ataque de ira de la otra persona que uno más ama en el mundo.
No puedo comprender cómo estos niños gritaban y gritaban y gritaban y nadie entró, con otro machete más grande, con un machete el hijueputa, a defenderlos.
No comprendo cómo uno puede ver los ojos asustados de su hijo y no detenerse.
Sin embargo, supongo que esas cosas, esos monstruos, todo ese mal, toda esa infamia y esa capacidad de herir y de lastimar y de matar, vive adentro de cada uno de nosotros y qué lucha tan cruel es la que da siempre el hombre para ser bueno, qué duro amar de verdad, que duro ser libre de uno mismo.
Todas las mañanas me repito a mí misma que la vida es bella, que el mundo es bueno, que se puede ser feliz. Anoche le decía a mi hijo, de 12 años, que la tristeza siempre pasa y que no hay problemas eternos y que el mundo es tan maravilloso que sigue girando a pesar de uno. Ahora heme aquí en el trabajo, intentando contener las lágrimas y preguntándome por qué, cómo, a qué horas es que pasan estas cosas y cómo puede uno dejar de ser un simple idiota que va y se queja en Twitter o en los foros de los periódicos, o en este blog. Cómo es que uno ve la tragedia y se siente tan terriblemente triste pero también está lo suficientemente lejos de ese dolor como para darse cuenta que el remedo de crónica que leyó al respecto es también una forma de infamia, es también una forma de maltratar.
¿Cómo se supone que uno pueda llegar a la casa en las noches y decirle a sus hijos que vale la pena? ¿Cómo cuando uno siente que cada vez, que cada paso, que cada centímetro de esta superficie es dolor y dolor y dolor?

Uno, que no sufre nada, que no es nadie, que es mediano hasta en sus tragedias. Uno que ha sido “afortunado”, no deja de sentirse como un grandísimo imbécil cuando ve de lejos una pizca del real horror de ser humano.
Nada de esto tiene sentido y decirlo me hace sentir como una idiota. Lo único que sé es que en mi cabeza intento imaginar el sonido de los gritos, de los golpes, una y otra vez, sin lograr entender nada.

domingo, septiembre 01, 2013

12

Empecé a escribirte cartas el día en que supe que estaba embarazada; las tengo todas guardadas para ti en la cajita azul que está en mi armario, ésa que siempre preguntas qué es lo que tiene adentro. Cada año, el primer día de septiembre entro aquí y te escribo también, como una forma de dejarte más pistas sobre toda nuestra relación para el día en que yo ya no esté y tal vez tengas preguntas. Me refiero a preguntas de las importantes, las que tienen que ver con lo que pasa interiormente, no con los hechos ni las circunstancias, que esos y esas ya los conoces y a la larga no importan.
Hace 12 años a esta hora estaba yo en la clínica, estábamos, los dos casi que sentenciados, con diagnósticos poco alentadores. Como siempre te he contado, desde que eras tan pequeño que podía levantarte con una mano, naciste a pesar de todo, y no solamente respiraste por primera vez este aire de afuera sino que además fuiste, siempre lo has sido, todo un acontecimiento en tu llegada. Miles de niños nacen cada minuto y todo padre cree que su hijo es el más bello pero contigo, más allá del afecto y la emoción, siempre, desde ese primer momento, está esa certeza de estar presenciado algo grande.
Esos ojos grandes, curiosos, profundos que lo preguntan todo desde la primera vez que los abriste, las manos fuertes pero delicadas de médico brujo y la voz, esa voz tan particular, tan reconocible y de cierto modo tan mía, desde la primera palabra que dijiste. Todas esas cosas son una forma de la maravilla y por eso debe ser que cada noche, cuando ya estás dormido, tengo que venir a verte de nuevo para constatar que existes y que no llevo doce años imaginándote, imaginando la felicidad.
Imaginando que puedo ser buena y que hay algo en mí que sirve a alguien y hace feliz a alguien y que de cierto modo merezco amar y tener a un pequeño como tú cuando llego a la casa que muere por contarme sus avances en Zelda o el nombre de la última canción que descargó por Internet. Un hombrecillo de nariz diminuta que sonríe cada vez que me ve y que por alguna razón que no logro comprender, cree que puede preguntármelo todo y tener respuestas y que confía en que yo siempre le estoy diciendo la verdad.
A veces siento nostalgia del niño pequeño que necesitaba que lo alzaran y que me decía "camina más despacio que mis piernas son más cortas". A veces quisiera nunca haber soltado tu mano el día en que te conocí, que fueras así, pequeño para siempre, dependiente de mí para siempre. Sin embargo, luego de esa nostalgia me invade un orgullo absurdo de ver cómo creces y aprendes todo el tiempo y eres esta máquina maravillosa que almacena información y produce frases asombrosas y se sienta y toca el piano y viene a mí cuando estoy enferma, cuando creo que no existe nada por fuera del dolor, y lo cambia todo, me cuida, me protege, me sana.
Últimamente has sido mi enfermero, mi asistente, mi brazo... sin pedir nada, sin molestarte de algún modo, sin que te lo pida nadie. No sé de dónde sacaste tanta nobleza y tanta bondad, tanta sabiduría en tan sólo 12 años y a la vez, cómo mantienes esa capacidad de ser pequeño y sorprenderte, de ser feliz con cosas sencillas.
Eres mi hijo y acudiré al cliché para decirte que sin embargo, tú me enseñas más de lo que yo a ti. Te admiro por eso. Te amo.
Feliz cumpleaños, hijito.

martes, julio 16, 2013

Entre el Audi y el ranking

(Retrato del docente adolescente vol. 6 )


“Entonces me dice que le está yendo más o menos mal en su materia así que le pido que le ponga recuperaciones hasta que pase” —Madre de C, 16 años
“A ver si nos podemos ver para revisar mi parcial y cómo hago para subir esa nota” — F, 22 años, estudiante
“Pues yo sé que no presenté  (el segundo y tercer parcial, requisitos para el trabajo final) pero ay, pues si quieres te hago un trabajo extra que me cubra esas dos notas” — S, 21 años, estudiante
“Yo sí sería incapaz de dictarle clase a esa gente que cree que uno es un sirviente de ellos”— J, 34 años, docente
“Tranquila, llámame que eso yo pongo a los chinos a hacer un taller o cualquier maricada a esa hora”— M, 32 años, docente



Hace algunos días César Mario Gómez hablaba en su blog de la supuesta vocación del docente en un texto titulado “La docencia como quimera”  y no pude estar más de acuerdo con él en la perversidad de hablar de vocación  cuando claramente, desde lo que él denomina una “privatización de la infancia” el docente es el último eslabón de la cadena de delegación de la responsabilidad sobre el bienestar y cuidado de los niños y jóvenes.  Las citas que preceden a este texto no hacen más que ejemplificar esa situación  porque si bien es cierto que, como anota Gómez en su artículo, la responsabilidad sobre el cuidado de la infancia compete a diversos actores sociales, es sobre el docente sobre quien parece recaer la culpa si algo falla.
La infancia y la adolescencia son períodos muy solitarios —claro, la vida entera lo es, dirán— y es una realidad que cada vez más los padres ven en el colegio la posibilidad de un receso, de un aplazamiento de su rol de compañeros.
El pago de una mensualidad o un semestre pareciera a veces  tener la función de garantizar aprendizaje, autoestima, salud mental y además independencia en los estudiantes.
Entre tanto, los noticieros nos muestran con absoluto morbo y falta de respeto la historia de los suicidios cada vez más frecuentes entre estudiantes de colegio, y sin respeto por el duelo de padres y compañeros exponen detalles que apuntan a los profesores que les hicieron perder el año, que no los escucharon, como  responsables, indiferentes hacia esa persona que tenían frente a sí, cinco días a la semana, durante ocho horas al día.  Se culpa a los docentes de no haber estado ahí, de no haber sido un mejor ejemplo.
Independientemente de la ya hecha cliché victimización del docente que se enfrenta a un trabajo mal pagado  y sin motivaciones, pero que le exige investigar, publicar, capacitarse, es hora de decir que nada de esto justifica la negligencia de muchos profesores que pierden de vista que ellos también son responsables del cuidado de los niños; sin embargo, eso dista mucho de hacerlos culpables de tragedias como las ya señaladas.
Otros casos, como el de  Fabio Andrés Salamanca Danderino ,  un hombre de 23 años que con su Audi embistió borracho a un taxi provocando la muerte de dos jóvenes y que no ha podido ser procesado pues se encuentra internado en la clínica por estrés, parecieran también apuntar al sistema educativo, hacia el docente, pero desde otra perspectiva.
Para muchos de nosotros es ridículo que Salamanca alegue estrés para no ser judicializado pues sabemos que si no tuviera el dinero que paga un auto como el suyo, tampoco podría pagar los abogados  que permiten llevar a cabo tal maniobra. Es claro que Salamanca está en una posición mucho más cómoda que muchas personas que cometan la misma canallada debido a su posición económica. Sin embargo, ha llamado mucho mi atención el hecho de que constantemente se aluda en los comentarios en Twitter y el mismo foro de la noticia sobre su caso, al hecho de que estudie en determinada universidad, pero más allá de eso, me inquietan los comentarios que señalan a su educación formal, académica, como la responsable de que esta persona sienta que está por encima de la ley. “A los ricos les enseñan a pasar por encima de los demás”,  “eso es lo que aprenden los uniandinos”, “todos esos riquillos aprenden lo mismo” me hace retornar  a pensar en esas exigencias ridículas que la “vocación” docente parece demandar.
Responsabilidad social, consciencia, sentido ético, sobriedad, sentido común, respeto por la vida, parecieran ser una responsabilidad directa de los docentes nuevamente. Y paradójicamente vemos padres que pagan cantidades astronómicas en los colegios y universidades de élite para conseguir que así sea mientras que desde el punto de vista del ciudadano común  pareciera que éstos pagaran para garantizar que sus hijos son eximidos de la necesidad de adquirir estos aprendizajes.
Por supuesto es indignante toda situación en la que cualquier persona a razón de su dinero y conexiones puede, o se cree capaz, de pasar por encima de las leyes que se supone deben protegernos a todos. Sin embargo, ¿es realmente válido asociar el prejuicio de clase a la formación académica  y la responsabilidad docente para analizar estas situaciones?
En ese sentido, mi pregunta central se dirige hacia los famosos rankings de calidad educativa en Colombia, cuyo único punto de referencia es la prueba SABER 11, antes conocida como ICFES.  Hoy precisamente en Las dos orillas, el artículo “Los colegios de la elite: los más caros pero no los mejores  señala cómo de acuerdo a dicha clasificación, los colegios más caros del país están lejos de ofrecer la mayor calidad educativa y los hace ver, en cierta manera, como una especie de clubes sociales donde la élite junta a sus hijos con los de su clase. Tal vez esto último que digo sea fuerte, pero no lo suprimiré pues, por más viciado que suene, parece ser el mensaje entendido por muchos de los lectores y no sólo eso, sino que seguramente es la percepción real de muchos de esos padres de élite; puede ser una realidad para muchos de los estudiantes de dichas instituciones.
A pesar de lo anterior, la generalización es perversa, tanto como —y de esto no tiene culpa el artículo— el establecimiento de una relación entre precio y calidad educativa que, desde mi perspectiva, sólo refuerza la idea —que para mí es una realidad— de que la educación está dominada por una lógica mercantilista en la que el docente es solamente un prestador de servicios y en la que el cliente siempre tiene la razón.
Muchas razones pueden esgrimirse para esta aparente disparidad entre costo y calidad, más allá de las vinculadas a los marcadores de clase y estatus asociados a la conformación de una élite. En primer lugar,  la prueba SABER 11 simplemente no es una prioridad, sino una obligación; donde verdaderamente se ven los resultados de los procesos de dichas instituciones es en las pruebas internacionales. Adicionalmente, muchos de estos colegios no siguen completamente el currículo colombiano y no sólo por una pretensión burguesa de internacionalización o un desdén elitista sino porque tal currículo ha dejado de ser competitivo en el nivel mundial y muchos de sus estándares deberían ser revisados juiciosamente pues no siempre tienen en cuenta las particularidades, los diferentes estilos de aprendizaje y las nuevas herramientas para el mismo de sus estudiantes. Por otra parte, la prueba en sí misma,  desconoce las peculiaridades de las instituciones internacionales de modo que por ejemplo, desde el año pasado es obligatoria para todos los estudiantes de los mismos así sean extranjeros y sólo hayan estudiado, digamos, un año dentro del sistema educativo colombiano.  De este modo, debemos llevar el análisis sobre la calidad educativa más allá del ránking y la relación precio-calidad que me parece más aplicable para los supermercados que para los colegios.
A la luz de todo lo anterior, me parece pertinente que nos fijemos en qué tanto nuestra idea de la educación y específicamente de la docencia está alimentada por una cantidad de prejuicios  que en vez de alimentar el debate y permitirnos pensar  en formas de mejorar las condiciones de estudiantes y docentes alimentan discursos de odio y banalizan una discusión tan importante como la de la calidad educativa. 
Que no hagamos del asunto una pelea de estereotipos, ése es el reto.




jueves, mayo 02, 2013

Rayuela o el momento menos esperado


[Texto original publicado en Revista Diners el 20 de febrero de 2013 http://www.revistadiners.com.co/articulo/26_809307_circulo-de-lectura-diners-rayuela-o-el-momento-menos-esperado ]
                                     


Muchos portales de Internet, e incluso medios impresos, se dedicaron con gozo y algarabía a celebrar el cincuentenario de la publicación de Rayuela del escritor argentino Julio Cortázar, el pasado 18 de febrero. Muchos otros medios, por su parte, corrieron a desmentir el falso aniversario corrigiendo esta fecha por la del 28 de junio de 1963, como consta en la edición crítica de la obra coordinada por Saúl Yurkievich para la UNESCO, publicada en 1996.
A partir de esta renovada popularidad, la obra inmortal y emblemática del boom latinoamericano retorna a las bocas y los dedos de todo el mundo, y con ella el debate sobre la relevancia de esta novela o “anti-novela” o “meta-novela” o cuánto nombre hayan querido ponerle críticos y lectores durante los últimos cincuenta años.
Sería deshonesto de mi parte decir que Rayuela es mi obra preferida de Cortázar, más teniendo en cuenta que hablar de “mi obra preferida de un autor” siempre me ha parecido una limitación innecesaria. De hecho, empezaré este texto hablando de lo problemático que me resultó acercarme por primera vez a la obra y de las razones por las cuales tal vez esa primera lectura fue tan tardía. Leí Rayuela por primera vez a los 25 años, luego de más de 10 de escuchar críticas y ver ojos abrirse como platos al confesar que hasta el momento no me había interesado nunca por ella; por supuesto, mentía. Mi interés por esta obra se inició a la par que mi interés por la figura misma de Cortázar, cuando tuve que leer para mi clase de español de 8º Todos los fuegos el fuego; siempre he sentido una enorme fascinación por el Cortázar cuentista que revisita lo cotidiano y lo convierte en maravilla sin caer en el tropicalismo ni la postal exótica tercermundista.
A pesar de sentir entonces la curiosidad por la que, sin duda, resulta ser la obra más compleja del autor, tuve el infortunio de que Rayuela fuera un libro de moda durante mi adolescencia, al menos entre la gente que frecuentaba. Es increíble la cantidad de émulos adolescentes de La Maga y Oliveira, la cantidad de cafetines, bares, cine-clubes nombrados en honor a la novela, y la cantidad de voces recitando de memoria los capítulos 7 y 68, o de lágrimas derramadas por la histérica carta del capítulo 32. Tantas manifestaciones de adoración, que diez años más tarde parecían relacionarse con un conocimiento “de oídas” mas no con una lectura de la obra, fueron suficientes para distanciarme de la misma durante casi toda mi juventud.
Sin embargo, convencida como estoy de que los libros le llegan a uno en el momento menos esperado, esa misma edición crítica de la que hablaba al principio llegó a mis manos a finales de 2007. Rayuela, como ya sabía de antemano, se ofrece ante el lector con, inicialmente, dos posibilidades de lectura: una de modo convencional, es decir, una lectura lineal, que abarca los capítulos 1 a 56 —que a su vez está dividida en dos libros, “Del lado de allá” (1-36) y “Del lado de acá” (37-56)—; y una segunda lectura propuesta por el autor en un tablero de lectura dentro del cual se incluyen, sin seguir un orden lineal, los 99 capítulos prescindibles de la obra, agrupados bajo el nombre “De otros lados”. Esta subversión de la estructura tradicional de la novela ya en sí misma, es suficiente para ubicar a la obra como un ejercicio de escritura vanguardista, una propuesta novedosa de lectura que exige a quien la acepta una disposición distinta a la de quien sólo busca entretenimiento en los libros.
Mucho se ha comentado sobre la presunción de este ejercicio estilístico y sobre alguna posible desmesura en cuanto al sinnúmero de referencias e intricados juegos del lenguaje por parte del autor en esta novela. Sin embargo, cabe anotar que precisamente es en esos capítulos prescindibles, en esos “otros lados” en que todo este aparato narrativo cobra sentido. La historia lineal relata, de manera desordenada y polifónica, la travesía en busca del “Cielo” —una alegoría de la sabiduría, el crecimiento espiritual, o una realidad más allá de lo real, más humana— de Horacio Oliveira y su relación con Lucía (La Maga) y los miembros de una cierta bohemia instalada en París, llamada el Club de la Serpiente; posteriormente el regreso del mismo a Buenos Aires, su relación casi especular con su amigo Traveller y su esposa Talita, en quien encuentra, o cree encontrar una pervivencia de La Maga. Como complemento a lo anterior, aparecen entonces, como parte de un proceso de bricolaje, esos capítulos prescindibles dentro de los cuales el lector no solamente llena los vacíos del relato anterior, sino que acude a la enunciación de la poética del autor.


Esa propuesta de una teoría literaria se logra en “De otros lados” a partir del novelista ingeniado por Cortázar y admirado por todos los miembros del Club, Morelli. La postura de este novelista imaginario coincide con la propuesta del mismo Cortázar no sólo en torno a la búsqueda de ese “Cielo” de la rayuela anhelado por Oliveira, sino a la búsqueda de la expresión estética a través del lenguaje más pura y —paradójicamente en medio de este cúmulo de juegos referencias— menos engolada: realidad y lenguaje vienen dados al hombre dentro de un aparto cultural que los convierte en artificiales y en ese sentido la ruptura de sus lógicas tradicionales, la problematización de su continuidad, su reescritura en el proceso de vivir y de leer, es el objetivo máximo de Rayuela. Mucho se ha dicho sobre ese lector-macho, lector-cómplice, buscado por Cortázar —el mismo autor lo señala a través de Morelli y en posteriores entrevistas cerca de la novela—, y tal vez esta renovada atención sobre la construcción de esta obra sirva no para resucitar a las imitaciones de los intelectuales emigrados a París de aquella época, sino para invitarnos como lectores a experimentar la inadecuación de coescribir una novela en la medida en que se la va leyendo. Tal vez esto sea lo más jubiloso del cincuentenario de la publicación de Rayuela, que el libro llegue cuando ya no se le espera.

Vargas Llosa: la civilización y los perros



[Texto publicado originalmente en la Revista Diners el 24 de enero de 2013 http://www.revistadiners.com.co/articuloespecial.php?ide=26&id=260 ]


El cincuentenario de la publicación de La ciudad y los perros (1963), primera novela del autor y ganadora del premio Biblioteca Breve en 1962, conmemora la aparición de una obra que no sólo por su crudo retrato de la sociedad peruana de la época, sino por su profunda innovación de la técnica narrativa de la novela latinoamericana, abrió el camino para los autores del boom y puso a nuestras letras en el mapa de la literatura universal. Vargas Llosa, polémico siempre por sus fuertes ideas políticas y su reflexión constante sobre la literatura como una forma de testimonio de la realidad, puso de manifiesto en su primera novela las desigualdades e incoherencias de la sociedad limeña de su juventud, a la vez que su profunda aversión hacia el totalitarismo y la brutalidad antidemocrática; los estudiantes imaginados del Colegio Militar Leoncio Prado —al que en efecto asiste Vargas Llosa durante dos años en su adolescencia—se funden con las memorias del autor, generando una historia en la que la cronología de la novela tradicional y la unidad narrativa desaparecen para retratar de forma cruda los efectos de la disciplina, la represión, la violencia, el erotismo y la corrupción, en la vida de los personajes. Rodeada de misterios, es una obra que escapa a su propio autor gracias precisamente a la ruptura de las formas convencionales de relatar, por lo que La ciudad y los perros representó la necesidad de un nuevo tipo de lector —como señala Carlos Garayar en la edición conmemorativa de la obra hecha por la Real Academia Española— al que, parafraseando, la novela no le pasa por el frente como un río.
Ante este panorama, los espectadores tendrán la oportunidad de escuchar las reflexiones del autor, quien escribe en sus Cartas a un joven novelista que “la intranquilidad frente al mundo real que la buena literatura alienta puede en circunstancias determinadas, traducirse también en una actitud de rebeldía frente a la autoridad, las instituciones o las creencias establecidas”. Para Vargas Llosa, como dijera al recibir el Premio Rómulo Gallegos en 1967, la literatura es fuego, es polémica, es reacción pero, por supuesto, también es libertad estética.
La historia personal de Vargas Llosa comprende su nacimiento de padres separados en Arequipaen 1936, la conflictiva relación con su padre, los inverosímiles trabajos que tuvo paralelamente a sus estudios —se encargó de revisar los nombres de las tumbas en un tiempo—, la escasez de su vida estudiantil en Europa, su compromiso y distanciamiento de la revolución, sus disputas con escritores como García Márquez y el prominente rol que ha desempeñado en la vida pública delPerú y contiene material suficiente para varios relatos fascinantes. Sin embargo, lo más importante es que su voz como autor y como figura pública da cuenta de una valiosa y necesaria reflexión sobre los problemas de la cultura latinoamericana de los cuales su obra se ha nutrido y ante los que se enfrenta. Por tales razones, resulta tan pertinente que la celebración del cincuentenario de la que tal vez sea su obra más popular, se combine con la discusión acerca de su último libro de ensayo, La civilización del espectáculo.
Resulta difícil dejar de preguntarse cómo una obra con las características de la celebrada novela deVargas Llosa podría ser recibida por los lectores de nuestro tiempo y qué tanto dejamos que el río simplemente pase frente a nuestros ojos, qué tanto podemos como lectores valorar su complejidad narrativa. En La civilización del espectáculo el autor advierte sobre la generalización de la banalidad y la predominancia del entretenimiento sobre la cultura; en cuanto a la literatura, señala cómo el motor principal de la creación ya no es la innovación estética, ni proponer una interpretación de la realidad y la edificación de una visión alternativa de la misma, sino el ánimo de divertir y entretener al lector, lo que pone al personaje de farándula por encima de los ya casi extintos intelectuales. En sus propias palabras: “En la civilización del espectáculo el cómico es el rey”.
De este modo, la participación de Mario Vargas Llosa en el Hay Festival no sólo resulta de gran importancia debido a la memoria que genera sino a la reflexión a la que nos invita como lectores y espectadores. Desde la democratización de la cultura como aspecto problemático hasta la irresponsabilidad periodística, Vargas Llosa expondrá sus reflexiones sobre el espíritu frívolo de nuestro tiempo. Uno de los escritores vivos más importantes de la literatura latinoamericana y sin lugar a dudas, una oportunidad única dentro del marco del festival.